Lo mejor (para mí) de 2015

 
 
Mi año lector ha estado marcado por una triste falta de tiempo libre, hecho que me ha llevado a disminuir el ritmo de lecturas y, por tanto, de reseñas. Uno de los propósitos de año nuevo será encontrar más minutos al día para los libros; son tantas las novelas que tengo pendientes que si no dedico más tiempo a mi afición favorita la lista irá aumentando sin cesar, y eso es algo que ni yo ni mis estanterías podemos soportar. A partir de ahora, espero poder ofreceros una reseña cada pocos días, aunque del dicho al hecho hay un trecho y veremos cuánto soy capaz de mantener la promesa.

Este es el tercer año que publico una entrada para repasar las mejores lecturas del año. Como ya sabéis, en el blog procuro no solo recomendar novedades: tengo la firme convicción de que las novelas que compramos hace tiempo y acumulamos en casa tienen el mismo derecho, si no más, de pasar por nuestras manos. No os extrañará, pues, que de las tres historias que destacaré a continuación solo una haya visto la luz en 2015. Las otras dos llevaban muchas semanas esperando turno y finalmente lo lograron y me deslumbraron. 



El jinete del silencio, de Gonzalo Giner

La primera novela que leí íntegramente en 2015 me enamoró. Después de disfrutar, y cómo, de El sanador de caballos, llevaba tiempo queriendo regresar a la prosa de Gonzalo Giner, y el resultado no pudo ser mejor. Se trata de una novela excelente que mezcla a la perfección historia y emoción. Brillante.

«El jinete del silencio presenta a uno de los personajes mejor perfilados de la literatura contemporánea en español y Gonzalo Giner se consolida como un escritor brillante que sabe qué teclas tocar para que a uno le asalten unas emociones desgarradoras y absolutamente incontrolables.»





Para mí, esta es la novela del año. Narrada con una fuerza inigualable, la primera historia que mi queridísimo Màrius Mollà firma con su propio nombre supone un verdadero acierto en su carrera y lo consagra como un novelista contemporáneo imprescindible. No podéis perderos este maravilloso canto a la educación y a la libertad.

«Ni que decir tiene que no solo os recomiendo la lectura del libro, sino que apelo a vuestro corazón y a vuestro deseo de cambiar las cosas para lograr un futuro mejor y os pido que le deis una oportunidad. A la novela, a la educación, a las generaciones venideras y al país.»




El cielo en un infierno cabe, de Cristina López Barrio

Dos años he tardado en leer la nueva novela de la autora de La casa de los amores imposibles. Aunque ya haya publicado la tercera, quise adentrarme en esta historia y no os imagináis cuánto la disfruté. ¡Os animo a hacer lo propio!

«Amistad, amor, magia, religión, traición, venganza, poder, miedo, desconcierto, fascinación, esperanza... Todos estos sustantivos, y muchísimos más, tienen cabida en El cielo en un infierno cabe, la joya que nos ha regalado Cristina López Barrio, una escritora de la que ya no volveré a dudar.»



Si al triste recuento de lecturas le sumáis que cada vez me vuelvo con exigente con las historias y con los escritores, entenderéis por qué este año solo he dado la máxima puntuación a tres libros. Ello no significa, no obstante, que no haya sido un buen año, porque por suerte también han escaseado los libros con notas muy bajas. Me he reencontrado con novelistas fantásticos, como Christine Kabus, Andrés Pascual, Anna Casanovas o Jonas Jonasson, y conocido a escritores a los que sin duda me volveré a acercar (es el caso de Mikel Alvira o Alejandro Palomas).

Tan solo me queda esperar un buen 2016, tanto en el ámbito literario como en el personal y profesional, y hacer extensible el deseo a todos vosotros. Ojalá los doce meses que se nos presentan estén repletos de buenos momentos y podamos compartirlos como hemos hecho hasta ahora.

¡Feliz 2016!


Con todo mi corazón.


El último adiós, de Kate Morton

 
 
Título: El último adiós
Autora: Kate Morton
Traductor: Máximo Sáez
Editorial y año: Suma de Letras, 2015

Junio de 1933: en Loanneth, la mansión del campo de los Edevane, todo está listo para la esperada fiesta de solsticio de verano. Cuando llegue la media noche, sin embargo, la familia Edevane habrá sufrido una pérdida tan grande que tendrá que abandonar Loanneth para siempre. En 2003, Sadie Sparrow, investigadora en Scotland Yard, está cumpliendo un permiso forzoso en su trabajo. Refugiada en Cornualles, un día llega por casualidad a una vieja casa abandonada y descubre la historia de un niño que desapareció sin dejar rastro...


Alguna vez he hablado, en el blog, de los valores seguros en literatura, aquellos escritores a cuyas obras resulta sumamente placentero regresar porque sabemos que vamos a disfrutar lo indecible. Después de leer La casa de Riverton y El jardín olvidado, Kate Morton entró a formar parte de mi grupo de autores imprescindibles, de novelistas que jamás me fallan y que siempre consiguen darme lo que espero, e incluso más. Ahora vuelve con El último adiós, una historia apasionante en la que retoma la fórmula de éxito que la ha consagrado. Porque ¿para qué cambiar algo que funciona maravillosamente bien?

La desaparición de Theo, su hermano pequeño, ha supuesto una dolorosa incógnita en la vida de Alice. Setenta años después, convertida en una escritora superventas de novelas policiacas, su tranquilo presente va a sucumbir al terremoto del pasado gracias a Sadie, una agente de policía que ha tenido que alejarse momentáneamente del cuerpo. Cerca de la casa de su abuelo, en Cornualles, da con la misteriosa mansión abandonada de la familia de Alice, donde tuvo lugar la mayor de las desgracias en la década de los años treinta. Sadie se dejará conquistar por el halo de misterio que envuelve lo ocurrido en Loanneth y no dudará en emprender una investigación para descubrir si lo que sucedió fue lo que Alice ha creído toda la vida a pies juntillas.

No me cansaré de defender, ante las críticas de los lectores más exigentes e inconformistas, que un autor sea fiel a un estilo en el que se siente cómodo y a un tipo de historias en el que sobresale. Kate Morton echa mano de dos líneas temporales, como ya hiciera en sus libros anteriores, para orquestar una intriga que, una vez más, lo deja a uno sin respiración. El último adiós es una novela repleta de emoción, con un ritmo trepidante, en la que la escritora australiana no duda en jugar con nosotros y llevarnos por caminos que luego se descubren falsos. Cierto es que yo en este sentido peco quizá de ingenuo, pero estoy convencido de que cualquiera se sentirá perplejo ante los numerosos, y espléndidos, giros argumentales que consiguen su objetivo: que uno sea incapaz de abandonar la lectura hasta llegar al desenlace.

Si la trama vertiginosa se lleva mi aplauso, no es menor la admiración que siento para con los personajes que la protagonizan. Y tal vez sea este —me atrevo a aventurar— el ingrediente común en la obra mortoniana que la ha llevado al Olimpo de las ventas editoriales. Los perfiles están cuidados hasta el detalle más nimio, de modo que nos parecen cercanos y reales, como si los conociéramos, alejados del aura de irrealidad que, por desgracia tan a menudo, hallamos en las novelas de este género. Sin olvidar, por supuesto, las excelentes descripciones que dan color al libro y que lo convierten en un inolvidable viaje a la bellísima zona de Cornualles. Por último, ante el final, ante ese indudable derroche de talento, debo quitarme el sombrero, la corbata y hasta los zapatos. Morton lo ha vuelto a hacer.

Para finalizar la reseña quiero romper una lanza por quien decidió el título de El último adiós. El cambio con respecto al original, que literalmente se traduciría por La casa del lago, que ha creado polémica y que a simple vista tal vez tenga más sentido, me parece acertado por dos motivos: porque respeta la historia y el misterio y porque repetir de nuevo «casa» en el título de una obra de Kate Morton no creo que hubiera sido recomendable, dadas las posibilidades de confusión con respecto a La casa de Riverton. De todos modos, tengo muy claro que, cuando se trata de los libros de novelistas tan grandes, lo de menos es cómo decidan, en la editorial, llamar a las historias o ilustrar las cubiertas. Centremos nuestros esfuerzos en paladear y recomendar novelas tan intensas y brillantes como esta.

Las vidas que inventamos, de Fernando J. López

 
 
Autor: Fernando J. López
Editorial y año: Espasa, 2013

A Gaby ya no le divierte su profesión. Ni su matrimonio. Ni sus amigas. Ni, mucho menos, la fidelidad. Pero se esfuerza en creer que no es así. A Leo, su marido, tampoco le llena la vida familiar, pero sí le gusta la imagen de triunfador que se ha labrado a base de traiciones. Su red de mentiras y autoengaños parece funcionar hasta que Gaby decide que ya no es suficiente y Leo comete un terrible error. Así, mientras ella busca en chats encuentros sexuales con desconocidos, él intentará que sus actos no salgan a la luz... al precio que sea.


Después de leer una novela divertida y simpática, me gusta cambiar totalmente de registro y emprender una trama más dura y menos amable. Fernando J. López es uno de los escritores contemporáneos que plasma mejor los sentimientos que nos embargan en los momentos más cruciales de nuestras vidas. Lo hizo, y de qué manera, en La edad de la ira, una joya literaria en la que nos invitó a asistir al día a día en un instituto. En Las vidas que inventamos apunta hacia un nuevo objetivo: un matrimonio con problemas. Dudas y mentiras se dan la mano en una lectura que estruja el corazón y deja al descubierto emociones cuyo alcance nadie, ni siquiera los propios protagonistas que las sienten, es capaz de prever. 

Gaby y Leo forman un matrimonio adulto que años atrás gozaba de una magnífica solidez. Ahora, sin embargo, unas grietas que a priori parecían inofensivas amenazan con echar abajo, de golpe y sin remedio, los cimientos de la pareja. Ella está cansada de la rutina familiar, de la falta de sorpresa tanto en su trabajo como en su casa; él se siente superado por una tragedia que hará lo imposible por esconder. El (in)conformismo de una y el temor del otro pronto los conducirán por un camino que los alejará irremisiblemente tanto de sí mismos como de los demás. Tan solo les quedará preguntarse si vale la pena el esfuerzo de volver atrás e intentar juntar los pedazos de unas vidas inventadas.

Las vidas que inventamos es un retrato descarnado en el que Fernando J. López huye de tapujos, florituras y filtros a fin de presentar la crudeza de una situación insostenible. Los dos protagonistas se dejan llevar por un auténtico tapiz de mentiras y excusas que, por desgracia, a uno se le antoja perfectamente verosímil. La verdad que rezuma la novela lo envuelve a uno y llega incluso a agobiarlo en una mezcla de desasosiego y esperanza; son tan reales los perfiles de Gaby y de Leo, y tan creíbles sus sentimientos, que la lectura de este libro se convierte en un apasionante ejercicio de autocrítica, puesto que resulta imposible permanecer ajeno a las consecuencias que se derivan de unos actos que, quizá, a veces también nosotros cometemos sin antes detenernos a reflexionar.

El autor, en una sabia y acertada decisión, decide desaparecer y entrega la voz de la historia a los dos personajes: son ellos quienes narran cuanto les sucede. Ese punto de vista subjetivo e íntimo nos acerca aún más al matrimonio y nos permite empatizar con unas dudas que acaban por convencernos. Por otro lado, la naturalidad de los diálogos y de las reflexiones de que nos hacen partícipes imprimen un ritmo muy ágil a la trama. No puedo terminar sin elogiar, una vez más, la exquisita pluma de este gran escritor. Se nota que es una persona que vive por y para las palabras, ya que estas aparecen escogidas con esmero y enlazadas en una red gramatical impecable y maravillosa que debería ser la norma en literatura y que, como cualquiera puede comprobar, no lo es. Cualquier lector exigente encontrará una narración perfecta y cuidada que da gusto leer y disfrutar.

Si bien es cierto que la literatura puede servir como mero entretenimiento, de vez en cuando no está de más que nos acerquemos a un libro que es crítico con la sociedad y que pretende mandarnos un claro mensaje. Las vidas que inventamos supone la consagración de Fernando J. López como uno de los novelistas más conscientes de la realidad y con mayor talento por ser fiel a ella e incluirla en sus obras con un espléndido resultado. Desde aquí tan solo me queda animarle a que siga llevando a cabo esta suerte de documentales literarios que abren en canal el alma de los lectores. Si os gustan las historias que desnudan y analizan sin piedad las zozobras del ser humano, no os podéis perder la de Leo y Gaby, una pareja que tardaré en olvidar.

Morena, peligrosa y románica, de Pedro Feijoo

 
 


Título: Morena, peligrosa y románica
Autor: Pedro Feijoo
Editorial y año: Versátil, 2015

Con su permiso voy a introducir un argumento: cuando la señora Chismes, vecina del segundo derecha, llamó a mi puerta, yo pensé que lo que venía buscando era mi amor. O un poco de sal… Pero por lo visto el asunto no iba por ahí. En lugar del deseo ardiente de verme en ropa interior, lo que aquella mujer traía en la cabeza eran dos cosas bien distintas: demasiada colonia barata, y la intención de implicarme en el mayor robo del siglo.


Si hay alguna novela que ejemplifique, para bien, las dos acepciones que recoge el diccionario para el término «disparate», esa es Morena, peligrosa y románica. Conocí a Pedro Feijoo gracias a Los hijos del mar, la primera novela del autor gallego que vio la luz en español, una historia trepidante y oscura que me conquistó por completo. A pesar de la negrura de la trama, ya en boca del protagonista atisbé un humor fino, una ironía mordaz, que me sorprendió y agradó al mismo tiempo. En su nueva apuesta, el autor da rienda suelta a todo su ingenio y echa mano de numerosas bromas y gracias para arrancar sonrisas o risas en el lector. Es un auténtico disparate, sí, pero divertidísimo.

Dante Odeón es un agente artístico con poca suerte en la vida. Cuando la señora Chismes, una de sus vecinas, lo confunde con un agente secreto y le pide que busque a Miqui, su hijo, un bala perdida que lleva desaparecido más tiempo de lo que viene siendo normal, Dante acepta el encargo pensando que así merecerá un encuentro íntimo y fogoso con una de las cotorras del barrio. Encontrar al chico no resulta difícil, pero lo que sí le complicará la vida es saber que el muchacho forma parte de la Banda Peligro, un grupo de desgraciados neuronalmente limitados que pretenden asaltar la catedral de Santiago para robar el botafumeiro. Sin querer, Dante cambiará los planes de los delincuentes y se verá arrastrado a Barcelona, donde la banda ha puesto su nuevo objetivo: la virgen negra de Montserrat.

Sí, sí, habéis leído bien: los protagonistas pretenden robar la Moreneta, uno de los símbolos catalanes más importantes. Es un punto de partida tan absurdo y extraño que acaba por resultar genial. Pedro Feijoo se deja llevar por su formidable sentido del humor para presentarnos una parodia disparatada que recurre, una y otra vez, a juegos de palabras, a graciosas ambigüedades y a un sinfín de situaciones estrambóticas y simpáticas a fin de que el lector pase un rato agradable con la lectura de la obra. Y lo consigue. Morena, peligrosa y románica es ya, desde el título mismo, un despropósito que juega con la realidad para relatar unos hechos rocambolescos, una sucesión de escenas protagonizadas por un maravilloso elenco de tipos estúpidos capitaneados por el narrador, tal vez el ser con menos fortuna que ha llegado a pisar Galicia y Cataluña.

La voz de Dante, una suerte de álter ego —por suerte muy alejado— del autor, atrapa gracias a la frescura que transmite y a una genial mezcla entre elegancia y vulgaridad, entre expresiones coloquiales y vocablos que pocos académicos de la lengua suelen utilizar. Ese monólogo de estilo desenfadado y léxico bipolar es un ingrediente más que añade hilaridad al libro y que nos lleva a aplaudir la creatividad de un escritor que tiene mucho que decir, tanto en novela negra como en historias de humor. Vigo y Barcelona, por último, son dos personajes más de la novela y aparecen retratados muy fielmente; los escenarios por los que vagabundean los protagonistas quizá sean el único elemento verosímil que no es del todo partícipe de la locura que envuelve al argumento.

El viernes pasado tuve la suerte de acudir a la presentación de Morena, peligrosa y románica en una de las librerías míticas de la capital catalana y de conocer, por fin, a Pedro Feijoo. En dicho evento, que también se impregnó del halo de despropósitos, se comparó al autor y a Dante Odeón con Eduardo Mendoza y su detective loco. Si bien debo confesar que soy más partidario y seguidor del escritor gallego que de mi paisano, es cierto que la espiral de sinsentidos de la obra recuerda a novelas como El misterio de la cripta embrujada. Tanto si sois «mendozanos» como si albergáis ciertas reticencias para con las historias locas, de psiquiátrico casi, hacedme caso y dad una oportunidad a este libro, con el que os embarcaréis en una aventura sin igual que logra la meta que se fija en las primeras líneas: divertir. ¡Y cómo!

El silencio del pantano, de Juanjo Braulio

 
 

Autor: Juanjo Braulio
Editorial y año: Ediciones B, 2015

La trama arranca con el hallazgo de un cadáver en un recodo del río Turia. El asesino parece recrear un antiguo ritual romano reservado a los reos culpables de parricidio. El crimen salpica a los poderosos de la sociedad valenciana, que pronto dejarán al descubierto el pantano silencioso, símbolo de la decadencia y la corrupción, sobre el que se alza la ciudad. La investigación se verá envuelta en este fango cada vez más escondido y peligroso, desvelando oscuros episodios de nuestro pasado.


Como lector de novela negra, siempre me he preguntado por qué muy pocos autores se atreven a dar voz y protagonismo a un asesino. La gran mayoría de historias se centra en un investigador, policía o detective que se ve en la tesitura de resolver un caso difícil; y en cierto modo es comprensible que sea así, pero me sorprende que nadie eche mano de un recurso que aportaría una refrescante originalidad al género. Juanjo Braulio coquetea con la idea en El silencio del pantano, una novela atractiva y bien escrita y desarrollada que juega con la literatura y con el lector para hacerle un homenaje a ella y prepararle una curiosa experiencia a él, una aventura que es mejor emprender sin saber nada del libro ni haber leído sinopsis alguna.

En Valencia conviven, como dejó retratado Blasco Ibáñez, las cañas y el barro. Por un lado, la gente de bien que permanece inalterable y que jamás perderá su estatus a pesar de que los escándalos de corrupción la salpiquen una y otra vez; por el otro, el grueso de la sociedad, que, amparado por el pantano sobre el que se asienta la ciudad, se deja arrastrar por una marea de dudas. De pronto, en el río Turia se encuentra un cadáver para cuya muerte el asesino ha escenificado un cruel ritual romano. No será el único homicidio que pondrá en contacto las cañas y el barro, sino que será el inicio de una serie de crímenes que azotará a los valencianos y que dejará al descubierto las raíces podridas de un sistema injusto y lamentable que, tal vez, esté viendo el principio del fin.

Ediciones B ha colocado, en la esquina superior derecha de la cubierta de El silencio del pantano, una etiqueta que la señala como la novela negra del año. Y, sinceramente, no me extraña en absoluto, porque se trata de una obra trepidante y diferente que uno debe devorar y, a continuación, recomendar a cualquier amante de las buenas historias. Juanjo Braulio ha cometido varios aciertos en esta novela, sabias vueltas de tuerca que demuestran el talento de un escritor novel que bien pronto ha dejado atrás tal adjetivo. Como siempre pido, o exijo, a cualquier novelista, la prosa me ha convencido principalmente por dos motivos: por la novedad que suponen las voces que protagonizan la trama y por el uso magnífico de un vocabulario riquísimo. Si a ello le añadimos las numerosas e interesantes referencias a la cultura y a la sociedad valencianas, coincidiréis conmigo en que se trata de un espléndido trío de ingredientes literarios.

Por otro lado, en una novela negra el ritmo es, tal vez, el elemento principal, y en esta que os presento hoy alcanza una velocidad vertiginosa a medida que avanza la investigación. Es uno de aquellos raros casos en que uno debe hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para abandonar la lectura; y aun ese gran esfuerzo a veces no basta. Además, el retrato de una ciudad, Valencia, que no suele ser el escenario de historias de este tipo aporta un flamante marco de innovación que desde aquí quiero aplaudir. Y ya por último, no puedo sino mencionar el giro final, un nuevo sobresalto inesperado que aguarda al lector y que se abalanza sobre este como las crecidas aguas de un río, como el Turia, tras una época de fuertes lluvias.

El silencio del pantano hace las veces de una crítica descarnada e incisiva de una comunidad autónoma y su capital que, por desgracia, se han visto envueltas en un torbellino de polémica y corrupción que a nadie deja indiferente. Juanjo Braulio no se limita a llevar a cabo esta denuncia, no obstante, ya que alrededor construye una trama de extraños asesinatos que atrapa irremediablemente desde la primera página. Terminada la lectura de una de las novelas negras del año, solo puedo agradecer a su autor que nos haya regalado un huracán de genialidad en forma de personajes que se alejan del canon y de una trama que supone un hito en un género del que se publican decenas de novedades todos los meses. Gracias a escritores con mentes tan inquietas y brillantes uno no pierde jamás las ganas de leer ni de acercarse a las mesas de una librería.

La tierra de los abetos puntiagudos, de Sarah Orne Jewett

 
 
Título: La tierra de los abetos puntiagudos
Autora: Sarah Orne Jewett
Traductora: Raquel G. Rojas
Editorial y año: Dos Bigotes, 2015

El verano acaba de empezar y a la localidad costera de Dunnet Landing llega una escritora en busca de un lugar tranquilo donde refugiarse del ajetreo de la ciudad y poner punto final a su libro. Allí alquila una habitación en casa de la señora Todd, una experta botánica que vende remedios caseros preparados con las plantas de su jardín y con la que entablará una profunda amistad. Ella será la encargada de introducirla en la vida social de una comunidad que parece discurrir aislada bajo la imponente presencia de los abetos puntiagudos.


Toda crisis es un momento de oportunidades. A pesar de estar sumido en un escenario económico muy difícil e inestable, también el mundo literario ha sido y es testigo del nacimiento de nuevas empresas que saben lanzar una imagen muy definida y que, en ocasiones, demuestran ser más eficientes —y quizá rentables— que los grandes grupos. Dos Bigotes nació como una editorial dispuesta a dar visibilidad a argumentos de temática homosexual con una importante diferencia: una elegancia estética única en el género. La tierra de los abetos puntiagudos, de Sarah Orne Jewett, es su última apuesta y les permite abrir una nueva senda en que ya no solo priman las historias gais.

Una escritora en busca de paz e inspiración viaja a un pueblecito costero del noreste de los Estados Unidos. Nada más llegar conocerá a la señora Todd, su casera, con quien poco a poco irá forjando una amistad profunda e imperecedera. El ambiente que se respira en la región capta su interés de inmediato y la joven novelista acaba enamorándose de la complicidad y amabilidad que derrochan los lugareños. Tanto es así que el día de la partida se le antoja por desgracia cercano y triste, motivo por el cual invertirá todos los minutos y segundos en saber más de quienes ya han pasado a formar parte de su vida, y de su corazón, para siempre.

Los lectores estamos poco acostumbrados, creo yo, a enfrentarnos a relatos que deciden dejar atrás conflictos y sencillamente presentar una trama cálida y tranquila. La tierra de los abetos puntiagudos, de Sarah Orne Jewet, recurre a un entorno plácido en el que todo sucede con calma y sin sobresaltos, aunque no por ello la lectura de la obra resulta poco emocionante. Gracias a la indudable maestría de la autora, el lector se siente transportado a Dunnet, el pueblo en el que se enmarca la historia, y se ve rodeado de un placentero halo de realidad. La relación que une a los habitantes de la localidad y el sosegado transcurrir de sus vidas centran el argumento de una novela limpia y blanca que pronto se convierte en una experiencia literaria deliciosa.

En mi opinión, en este librito sobresalen dos brillantes ingredientes: las descripciones del lugar y los perfiles de los personajes. Por un lado, los párrafos que retratan los distintos parajes de la zona permiten que uno se forme una imagen muy clara y vívida; en este caso, la precisión no está reñida con el ritmo, ya que los capítulos más descriptivos son asimismo ágiles. Y, por el otro, tanto el perfil de la protagonista como el de la señora Todd, la mujer que con gran alegría y disposición toma el papel de cicerone, están rematados hasta el último detalle, de manera que al asistir a sus conversaciones no solo imaginamos que estamos allí, sino que nos da la impresión de que llegamos a conocer a las personalidades más luminosas y especiales de toda la costa de Maine.

La tierra de los abetos puntiagudos es una bonita historia de amor entre una mujer y un pueblo en el que se siente acogida y querida desde el primer momento, un canto a la hospitalidad propia de las gentes de los municipios pequeños. La brisa salada del mar y de la pesca, a la que se dedican casi todos los lugareños, aporta una frescura que encaja a la perfección con la atmósfera de apacibilidad trazada por Sarah Orne Jewett. Se trata de una novela agradable que gustará a los amantes de los detalles y de los pueblos donde todos se conocen. Si os llama la atención lo que cuento en la reseña de este libro, no dudéis en acercaros a esta tierra de abetos puntiagudos, y así veréis el espléndido trabajo que han llevado los editores y la traductora.

Cosas raras que se oyen en las librerías, de Jen Campbell

 
 
Autora: Jen Campbell
Traductor: Bernardo Domínguez Reyes
Editorial y año: Malpaso, 2015

Este es un libro de anécdotas en el sentido más estricto del término. Cuando un cliente se acerca a una librería no siempre sabe qué quiere leer, y si lo sabe, no conoce exactamente el título del libro que busca, o el nombre del autor del libro, o… La oportunidad para el malentendido, la anécdota o el chiste está servida. Sin embargo, detrás de cualquier chiste se esconden verdades incuestionables, que en este caso tienen que ver con el «despiste» de los clientes y la creciente incomprensión con respecto a esa pregunta tan antigua: «¿Qué es un libro?».


Trabajar en una librería cerca de tres años ha sido una de las mejores experiencias que he vivido. La posibilidad de estar en contacto diario con lectores, y de recomendarles novelas, es muy emocionante. A pesar de todo, a veces uno se queda en blanco y sin saber qué responder ante las estrambóticas peticiones de la gente. Cosas raras que se oyen en las librerías es el maravilloso recopilatorio de anécdotas que ha recogido Jen Campbell, un compendio de asombrosas barbaridades que arranca sonrisas, y hasta carcajadas, de estupefacción. Es una obra que me habría encantado escribir, traducir, editar; una obra que no puede faltar en las estanterías de cualquier amante de los libros y de las librerías.

«¿Qué libros puedo comprar para que la gente los vea y diga: “Joder, ¡qué tío más listo!”?» «¿Tenéis Muérete en el hilo, de Agatha Christie?» «¿Sabéis si Dickens escribió algo divertido?» «¿Tenéis algún libro con el pronóstico del tiempo para el resto del año?» «¿Dónde está la sección de novelas ficticias?» «¿Todos los libros están a la venta o solo algunos?» «¿Tenéis libros con este tono de verde? Quiero que haga juego con el papel para regalo que compré.» «¿Qué hay en la sección de “crítica literaria”? ¿Libros que se quejan de otros libros?» «¿Este libro es comestible?»

Las frases anteriores, que he extraído del interior de Cosas raras que se oyen en las librerías, ya os permiten imaginar el tono en el que está escrito el libro y el buen gusto que ha tenido Jen Campbell en seleccionar las frases que ilustran el extraño comportamiento de ciertos seres humanos al cruzar el umbral de entrada de una tienda que se dedica a vender tomos de papel encuadernado. Las curiosísimas preguntas llevan consigo un fantástico sentido del humor al que, por desgracia, el librero no puede abandonarse del todo; creedme, resulta muy difícil permanecer impasible al oír según qué cosas. Por si el texto no fuera ya lo bastante divertido, de vez en cuando el libro nos regala ingeniosas ilustraciones que añaden ironía a unas situaciones ya de por sí hilarantes.

La legendaria paciencia de que deben hacer gala los libreros queda demostrada en este libro. Tuve la gran suerte —solo ahora lo veo así, en su momento no hace tanta gracia— de atender a clientes con peticiones parecidas y, la verdad sea dicha, es una valiosísima lección de autocontrol. Si por vuestra formación no vais a trabajar en una librería, leer esta simpática obra no solo os supondrá dar un mordisco a lo que se siente, sino que tal vez os sorprende al dejar de idealizar una profesión que es apasionante, sí, pero no siempre fácil. Por último, me alegra que la editorial Malpaso haya decidido contactar con libreros de nuestro país, de cuyas experiencias también se alimenta este recopilatorio. Es un detalle que aporta cercanía y que hace las veces de guinda del pastel.

Cosas raras que se oyen en las librerías es un libro transparente que ofrece lo que sugiere ya en el mismo título: anécdotas divertidas y preguntas raras que tienen lugar en el seno de una librería —de unas cuantas, de hecho—. Jen Campbell ha tejido así un cómico homenaje a los libreros, a uno de los últimos y más importantes eslabones de la cadena editorial. Estoy convencido de que cualquier persona que ahora mismo esté leyendo estas palabras es un amante de los libros, y también de los mágicos establecimientos donde se venden. Así pues, querido lector, no lo dudes: la obra que recomiendo hoy te va a encantar. Palabra de exlibrero.

El beso más pequeño, de Mathias Malzieu

 
 

Título: El beso más pequeño
Autor: Mathias Malzieu
Traductor: Robert Juan Cantavella
Editorial y año: Reservoir Books, 2013

Chico busca a chica... Pero ¡un momento!, que nuestros personajes son mucho más originales. Chico enamorado busca a chica con nombre de flor y que cuando la besan desaparece. Chico enamorado y desesperado recurre a un extraño detective privado especialista en cazar mujeres difíciles. Y así da comienzo una aventura que nos planteará una última pregunta: cuando encontramos al amor de nuestra vida, ¿sabemos conservarlo?


Conocí a Mathias Malzieu en La mecánica del corazón, una novela que me sorprendió gratamente, de cuyo éxito me alegré mucho. Nuestra relación se truncó con La alargada sombra del amor, una historia que me dejó más bien frío por culpa de una prosa desangelada que no me esperaba. Unos años después, me dispongo a desempatar, e inclinar así el vínculo autor-lector hacia uno de los dos lados de la balanza, con El beso más pequeño, su último libro. ¿En qué ha desembocado esta tercera lectura?, me preguntaréis. Pues bien, con alegría puedo decir que me he reconciliado con el escritor francés.

El beso más pequeño del mundo es el que se dan los dos protagonistas. Un beso efímero que, sin embargo, conlleva la desaparición física de ella. Él pronto se sume en una depresión de la cual solo sale cuando toma una decisión: quiere encontrar a la chica invisible. Para ello contará con la ayuda de un viejo investigador y del loro de este, un animal único en su especie, con quienes avanzará poco a poco hasta conseguir su objetivo. Una vez contactada la muchacha, ¿bastará el amor que siente por ella para afianzar la relación? ¿O la imposibilidad de verla destrozará las bases de sus sentimientos?

En El beso más pequeño he reencontrado el estilo agradable e íntimo de Mathias Malzieu. Después de una novela que, para mí, se aleja bastante de la anterior, en su cuarto libro publicado en nuestro idioma he hallado los ingredientes que me cautivaron y emocionaron en La mecánica del corazón. Ante todo, sobresale la figura de los protagonistas, dos personalidades distintas y sólidas que encajan a la perfección, a pesar de los evidentes obstáculos que debe esquivar su relación. Un romance que, por otro lado, se alza dulce y reconfortante como un abrazo, intenso y emotivo como la vida. Si unimos unos personajes magnéticos y una historia de amor diferente y sentida, el resultado solo puede ser uno: una lectura vibrante.

Todos los libros de este autor llevan impresos un halo de magia y fantasía que envuelve la trama y que seduce desde el primer párrafo. En este caso se cumple la norma y la novela en ocasiones huye de la realidad para echar mano de unos ingredientes fantásticos y vívidos que, en forma de mágicas pinceladas, dan color a la obra y aportan el toque especial de Malzieu, ese savoir-faire que ha conquistado a millones de lectores en todo el mundo. No puedo terminar sin agradecer, y ensalzar, la maravillosa ternura con que sucede todo, esa candidez casi infantil que nunca está de más recordar y, por qué no, incluir en nuestro día a día. Leer historias tan bonitas como esta es una buena manera de recordar cómo éramos cuando mirábamos la vida con ojos limpios y sinceros.

Creo que en literatura es importante dar segundas oportunidades. El desencuentro con un escritor cuya obra no nos ha convencido no conduce irremediablemente a un callejón sin salida. La experiencia me ha demostrado que es interesante apostar por esos autores que ya una vez nos han demostrado su talento. El beso más pequeño es una novela espléndida que sigue la estela de La mecánica del corazón y que me devuelve al Mathias Malzieu que tanto y tan positivamente me impactó en su primer libro arribado a nuestro país. La historia de la chica invisible también puede interpretarse como un canto a los sueños, como una invitación a no dejar jamás de perseguir nuestros deseos. Con un poco de esfuerzo seguro que somos capaces de llegar a donde nos propongamos.

El regreso del Catón, de Matilde Asensi

 
 



Autora: Matilde Asensi
Editorial y año: Planeta, 2015

¿Qué pueden tener en común la Ruta de la Seda, las alcantarillas de Estambul, Marco Polo, Mongolia y Tierra Santa? Eso es lo que los protagonistas de El último Catón, Ottavia Salina y Farag Boswell, tendrán que averiguar poniendo de nuevo sus vidas en peligro para resolver un misterio que arranca en el siglo I de nuestra era.


Los superventas en nuestra lengua tienen mucho que agradecer a Matilde Asensi, una de las primeras novelistas en convencer a los lectores de que los autores patrios son tan buenos como los extranjeros. Y quizá mejores. El último Catón, uno de mis libros favoritos de todos los tiempos, la situó en el trono de los escritores contemporáneos. Catorce años después, recupera a sus protagonistas en El regreso del Catón, una nueva aventura de Ottavia, Farag y Kaspar a la que me adentré con el miedo de que no estuviera a la altura. Y sí, sí lo está. No supera a la predecesora, de acuerdo, pero es una dignísima continuación.

Varios años después de que descubrieran la tumba de Constantino y de que Kaspar fuera nombrado Catón de los staurofílakes, Ottavia y Farag conocen a los Simonson, un matrimonio anciano muy poderoso que les pide un favor muy peculiar: su participación en la búsqueda de unos osarios que demostrarían que Jesús fue solo hombre, tuvo familia y no resucitó. A pesar de las reticencias iniciales, Ottavia acepta embarcarse en un viaje que la llevará desde Canadá hasta Mongolia, desde Turquía hasta Israel, en busca de la prueba que demostraría la existencia solo terrenal del hijo de Dios. No serán los únicos que querrán hacerse con los osarios, no obstante, y el peligro los perseguirá hasta el final de una travesía que pondrá en riesgo sus vidas una y otra vez.

A estas alturas, Matilde Asensi no tiene que demostrar nada a nadie. Ha publicado tantas novelas, y tan buenas, y ha vendido tantos ejemplares que puede permitirse el lujo de retomar la historia de los protagonistas de su, hasta la fecha, mejor obra. El regreso del Catón también recupera la emoción y la intriga que nos mantuvo a todos fieles al carisma de Ottavia, convirtiéndose así en una lectura verdaderamente vibrante y absorbente que cuesta Dios y ayuda —como diría nuestra querida exmonja— abandonar. El ritmo vertiginoso de la trama, además, viene acompañado de un maravilloso elenco de personajes, entre los cuales destacan el trío que protagonizó El último Catón. Solo por el hecho de volver a «estar» con Ottavia, Farag y Kaspar, tres protagonistas de lujo, vale la pena zambullirse en la nueva apuesta de Asensi.

Por otro lado, el libro se descubre como un intrincado puzle cuyas piezas encajan con precisión de relojero suizo. Las principales religiones, y los textos esenciales de estas, se dan la mano en la historia y hacen las veces de pilares que soportan el peso de un argumento tan atractivo como polémico: la posibilidad de que Jesús en realidad no resucitara. Hasta el creyente más férreo albergará dudas ante la rotundidad con que se esgrimen las razones y las pruebas que desfilan por la novela. Y, como suele suceder con esta gran escritora, la prosa impecable, adornada con una fina ironía que resulta deliciosa, se precipita hacia un final apoteósico en que el lector encontrará la verdad y las respuestas que ansía conocer. Duele despedirse, de nuevo, de los tres protagonistas, pero la vida es dura.

Cuánto miedo me embargó cuando supe de la publicación de El regreso del Catón; no en vano reanuda la historia de una de las novelas que siempre recomiendo a cualquiera que me pida consejo literario. Cuánto miedo y qué infundado estaba, porque Matilde Asensi es Matilde Asensi y si decide dar voz, una vez más, a sus míticos personajes será porque tiene en mente un fantástico motivo. Y así es. Nos regala una aventura apasionante que no da respiro y que lo mantiene a uno en vilo hasta el desenlace. Tan solo me queda contestar a unas preguntas. ¿Era necesaria una continuación de El último Catón? En mi opinión, no. ¿Ha salido airosa la escritora del riesgo que suponía este nuevo libro? En mi opinión, sí. Ahora es vuestro turno: dadle una oportunidad y dadme la razón cuando digo que este libro no os va a decepcionar.

Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl

 
 



Título: Charlie y la fábrica de chocolate
Autor: Roald Dahl
Traductora: Verónica Head
Editorial y año: Alfaguara, 2015 (1964)

El señor Wonka, dueño de la magnífica fábrica de chocolate, ha escondido cinco billetes de oro en sus chocolatinas. Quienes los encuentren serán los elegidos para visitar la fábrica. Charlie tiene la fortuna de encontrar uno de esos billetes y, a partir de ese momento, su vida cambiará para siempre.


Tal vez el objetivo esencial de la literatura juvenil, pero no por ello el menos arduo, sea el de convencer a los lectores más jóvenes de que los libros son algo más que montones de papel agrupado y encuadernado, de que una novela es un fantástico portal a un mundo nuevo, de que la literatura puede formar parte de su vida para enriquecerla y aportar diversión y también conocimiento. Roald Dahl es uno de los novelistas que mejor comprendió las necesidades de los adolescentes y preadolescentes, algo que quedó impreso en su dilatada y brillante bibliografía. Charlie y la fábrica de chocolate es uno de los títulos más conocidos y aclamados del autor galés y ahora, tras haberlo leído por primera vez, entiendo perfectamente los porqués.

Charlie vive con sus padres y sus cuatro abuelos en una casita modesta en la que apenas si pueden cubrirse las necesidades más básicas. Los problemas económicos no impiden, sin embargo, que el joven sueñe con la cercana fábrica de chocolate de Willy Wonka, cuyos aromas bastan para que Charlie se sienta colmado de dulce. Cuando el propietario del gigante chocolatero anuncia que cinco billetes de oro, escondidos en algunas de sus chocolatinas, serán la llave de acceso para cinco privilegiados que podrán entrar en la fábrica y descubrir los misterios que en ella se encierran, a Charlie se le acelera el corazón. A pesar de que su familia no pueda permitirse comprar chocolatinas a menudo, él no va a renunciar a su sueño, y lo seguirá deseando con todas sus fuerzas.

La (buena) literatura juvenil es maravillosa. Si uno tiene la edad del público para el que se han pensado esas historias, disfrutará con el halo de novedad que las envuelve y convertirá la lectura en su afición principal; si uno ya ha dejado atrás la adolescencia, no solo sabrá apreciar también los deliciosos ingredientes que encontrará, sino que emprenderá un viaje al pasado y recordará sensaciones y situaciones de cuando era un mozo. Charlie y la fábrica de chocolate ofrece fantasía y magia, ternura y candor, vitalidad y optimismo, en un equilibrio espléndido que hará las delicias de cualquiera, sin importar la edad que se tenga. Roald Dahl resplandeció con sus argumentos para jóvenes y es justo que nosotros, los adultos devoralibros, reconozcamos la maestría de este peculiar escritor y le demos las gracias por las generaciones de lectores a los que ha animado y formado.

La prosa es directa y se centra en la trama principal, la aventura de Charlie en la fábrica de Willy Wonka, sin descripciones innecesarias ni circunloquios eternos. El ritmo ágil y constante logra que el lector mantenga el interés por la historia en todo momento y no hay ni un solo párrafo en que la lectura se convierta en una experiencia pesada o aburrida. Por otro lado, el inigualable carisma de Charlie y de Willy eclipsa al resto de personajes y ambos se introducen en el corazón del lector con la intención de no abandonarlo jamás. En la fábrica, además, hace acto de presencia una pincelada irresistible de magia, ese componente que tan bien encaja con las novelas juveniles y que con gran destreza aparece tratado en esta.

Conocí a Roald Dahl gracias a la adaptación cinematográfica de Matilda, película con la que reí y disfruté mucho hará unos quince o veinte años. No obstante, aún no me había acercado a la obra de uno de los autores clave del siglo pasado, y por fin he podido ponerle remedio. Charlie y la fábrica de chocolate me ha abierto las puertas de un universo encantador del que, creedme, no quería salir. Es uno de esos libros que nadie debería perderse. Tan solo lamento no haberlo leído mucho antes, cuando mi yo jovencito habría agradecido introducirse en la literatura de la mano de uno de sus indiscutibles genios. En fin, ¡más vale tarde que nunca!

Regálame París, de Olivia Ardey

 
 
Autora: Olivia Ardey
Editorial y año: Versátil, 2013

Yolanda tiene una habilidad especial para hacer felices a todos, excepto a sí misma. Sueña con viajar a París y, cuando por fin consigue volar a la ciudad del amor, su novio la deja tirada en el apartamento que había alquilado para el fin de semana. Por suerte, Patrick, su guapísimo casero, le dará alojamiento a cambio de que ella le ayude con el cortometraje que su productora realiza sobre esta mágica ciudad. Él le pide que le regale París a través sus cinco sentidos y Yolanda, mientras recorre sus calles, descubrirá que la dos cosas que su padre le dejó en herencia, el amor por el francés y la lengua de signos, no fueron al azar.


Este año he visitado, por fin, una de las ciudades que más ganas tenía de recorrer: París. Caminar por las calles de la capital francesa ha resultado una experiencia maravillosa que, a su manera, también me ha acercado a la literatura. Sí, son muchos los libros que transcurren en esta ciudad, y no me extraña, porque tiene un encanto especial que estimula la inspiración. Regálame París, de Olivia Ardey, sitúa en este maravilloso enclave una bonita y agradable historia de amor que, sin eclipsar otras de la autora que me han gustado más, me ha parecido entretenida y muy ágil.

Yolanda llega a París junto a una especie de novio que decide poner punto final a su relación en la ciudad del amor. Cansada de dar bandazos, tanto en lo personal como en lo profesional, Yolanda decide quedarse una temporada en París, animada, sobre todo, por la atracción que siente hacia Patrick, quien se ha convertido en su curioso casero. Para ella, sin embargo, la capital es mucho más que un destino turístico: allí residen las sombras del pasado de sus padres, una zona oscura de la que nadie le ha querido hablar. Dispuesta a conocer la verdad y a desentrañar un misterio que le produce mucha curiosidad, Yolanda se abrirá a la familia, y también al amor, cuando menos se lo esperaba.

Regálame París es la tercera novela de Olivia Ardey que leo. Tras disfrutar con Dama de tréboles y Bésame y vente conmigo, la escritora valenciana esta vez nos invita a viajar a una de sus ciudades preferidas. La pasión que siente por París está presente en cada capítulo, en cada frase, y se nota no solo que es un lugar que le despierta grandes sentimientos, sino que la propia escritora lo conoce bien, porque las descripciones hacen gala de una maravillosa precisión. El mítico barrio del Marais o las serpenteantes calles de Montmartre acompañan a Yolanda y Patrick y los envuelven con el halo de magia que solamente provocan localidades de ensueño como París.

Como digo, de los tres es el libro que menos me ha gustado, y sobre todo por dos razones: por el ritmo apresurado de los romances y por la acumulación de casualidades que restan veracidad y verosimilitud a la trama. En mi opinión, las historias de amor que contiene el libro —pues hay varias— experimentan una velocidad de vértigo que no corresponde con la realidad y el esfuerzo por lograr que todos los personajes terminen felices provoca el nacimiento de situaciones extrañas, y tal vez incoherentes, que no he logrado creerme. Por último, me gustaría añadir que ninguna editorial que se precie puede permitirse el lujo de prescindir de un (buen) corrector, porque es inaceptable que el lector, en casi cada página, advierta un error ortotipográfico.

A pesar de los aspectos negativos que he señalado, me gusta Olivia Ardey y me gustan sus libros. Son historias frescas y amenas que se beben, más que se leen, y que siempre aportan ese grado de positivismo y alegría que todos a veces necesitamos. Regálame París tal vez no se convierta en una lectura que pase a los anales de la historia de mi biblioteca personal, de acuerdo, pero me ha transportado a un lugar que he descubierto y aprendido a amar hace poco, y únicamente por eso ya merece la pena que os lo recomiende.

El verano que empieza, de Sílvia Soler

 
 


Título: El verano que empieza
Autora: Sílvia Soler
Traductor: Alejandro Palomas
Editorial y año: Planeta, 2013

Júlia Reig y Andreu Balart, unidos desde antes de nacer por la intensa amistad entre sus madres, llevan más de tres décadas celebrando juntos la noche de San Juan. A pesar de algunos desencuentros, sus vidas, avanzando siempre en paralelo, han conocido el amor y el desamor, la alegría y la decepción. Pero nunca han fallado a la cita de San Juan.


Los cambios de registro en literatura siempre me sorprenden. Hay escritores cuya versatilidad les permite coquetear con varios géneros con fantásticos resultados. Conocí a Sílvia Soler con la publicación de 39 + 1, una novela de humor acerca de una mujer que cumple la maldita cifra de 40 años. Después de permanecer en la senda de las tramas simpáticas y agradables, la autora catalana se adentra en las emociones humanas para retratarlas y presentarnos a un interesante elenco que se enfrenta a situaciones cotidianas que los ponen a prueba una y otra vez. El verano que empieza le supuso el premio Ramon Llull de 2013 y la consagra como una novelista que sabe captar y describir cuanto sienten y padecen dos personas que el destino se empeña en juntar.

Elvira y Roser son dos grandes amigas que se quedan embarazadas casi al mismo tiempo. Están convencidas de que sus hijos heredarán el amor que las une, ya sea en forma de amistad eterna o de romance apasionado. Andreu y Júlia llegan al mundo, pues, con el augurio de que tarde o temprano «decidirán» enamorarse y así honrar el pronóstico de sus madres. La vida, sin embargo, no es tan sencilla y se empeña en jugar con ellos. En Sorrals, el pueblo costero en el que siempre han vivido los Balart y los Reig, todo el mundo está seguro de que el amor acabará abriéndose paso entre los dos, aunque eso es algo que nadie, ni siquiera ellos, es capaz de prever.

Como siempre que leo a un escritor de mi tierra, me acerco a la obra original, de manera que así puedo analizar y valorar mejor la narración y el estilo. Sílvia Soler mantiene la frescura con la que se asentó en el mundo editorial y nos ofrece una prosa elegante y amena que convierte El verano que empieza en una lectura ágil y relativamente corta. La ambientación de la historia en un pueblo, por otro lado, está muy lograda y el lector tiene la impresión de que conoce a los habitantes ilustres de Sorrals y de que disfruta de las maravillosas playas de la costa mediterránea. Una pluma moderna y sobria y un escenario descrito con gran belleza son los dos pilares que apuntalan la trama tan bonita que protagonizan dos personalidades únicas, dos personas genuinas con las que cualquiera empatizará enseguida.

Andreu y Júlia son conscientes de la presión a la que están sometidos por parte de sus vecinos, quienes no dudan de que el vaticinio de Elvira y Roser se va a cumplir; de tal manera es así que sus sentimientos, sus temores y anhelos, traspasan las páginas y empapan la historia de autenticidad y la transforman en un canto al amor y al azar, al destino y al futuro, en una aventura literaria fantástica que nadie debería perderse. Los diálogos naturales y las descripciones precisas son dos ingredientes más que aportan consistencia a este libro y que dan fe del talento que reside más allá de cada una de las palabras impresas en papel. Por último, no me queda sino comentar, brevemente, el inesperado final con el que concluye la novela. ¡Cuánto me gusta cuando un desenlace recoge y cumple las expectativas que se han ido sembrando a lo largo de una novela!

El verano que empieza nos descubre los vericuetos por los que transita una relación difícil y los paisajes en los que yace la existencia plácida de dos familias catalanas que forman un grupo bien escogido y perfilado, una serie de personas a las que es un verdadero placer acompañar. La voz de Sílvia Soler, más madura y personal, ha encontrado su camino de expresión y hace las veces de guía que ilumina el libro. Una novela sobre el destino, un libro sobre dos personas marcadas y unidas por los astros, una narración sobre un romance complicado y sobre el importante papel que desempeña la amistad en nuestro día a día. Un canto a la vida, en definitiva, muy bien rimado y entonado que desde aquí quiero aplaudir.

La estela de los perfumes, de Cristina Caboni

 
 
Autora: Cristina Caboni
Traductora: Teresa Clavel
Editorial y año: Maeva, 2015

Elena ya ni siquiera cree en el amor. Cuando decide empezar de cero, se muda a París y se da cuenta de que solo encuentra sentido a la vida cuando crea nuevos perfumes. Desde hace siglos, las mujeres de su familia saben que las fragancias son un camino para llegar al corazón de las personas. En poco tiempo, los perfumes de Elena destacan porque es la única que sabe cuál es el perfume para recuperar el amor perdido, para superar la timidez o recuperar la serenidad. Puede que incluso ella misma vuelva a abrirse al amor y a la felicidad.


Uno de los motivos por los cuales leer se convirtió, hace años, en mi principal afición es el vasto abanico de posibilidades que ofrece la literatura. Y no ya solo me refiero a los mil géneros a los que uno puede abandonarse, no: también entran en juego otros factores, como el ritmo de una narración, que nos permite experimentar diferentes tempos con diferentes novelas. La estela de los perfumes es el sonoro título que da nombre a la ópera prima de Cristina Caboni, quien ha vertido ilusiones y conocimientos personales para estructurar una historia que habla de olores y de esencias, una novela que no atrapa por la tensión imparable, sino por la plácida tranquilidad con que sucede todo. Esa calma, por suerte, casa con la trama y conduce a una lectura agradable y fresca, con tonos afrutados.

Elena Rossini ha luchado toda su vida por alejarse del mundo de los perfumes. Las mujeres de su familia han sido siempre perfumistas y ella se niega a seguir con la tradición, a pesar de que el destino, con pésimo humor en su opinión, le ha brindado un brillante don para la creación de fragancias. Cuando un desengaño amoroso la lleva a replantearse su presente, Elena decide abandonar Florencia y trasladarse a París, donde su amiga Monique le ha conseguido un trabajo en una tienda de perfumes. En la capital francesa la luz iluminará las decisiones de Elena, quien poco a poco parece menos dispuesta a rechazar la indudable atracción que siente por las fragancias. La presencia de un misterioso vecino también la llevará a dejarse ir y a llegar a ser una mujer que no se asemeja a la que vio por última vez el río Arno.

Lo primero que debo confesar, para que comprendáis bien esta reseña, es que el mundo de los perfumes nunca me ha llamado la atención. Me gusta ponerme una colonia que case conmigo, sí, pero no suelo adentrarme en historias que giren en torno a fragancias y esencias, Cristina Caboni transmite auténtica devoción por el arte de los y las perfumistas y La estela de los perfumes se convierte en un placentero homenaje a una profesión que en otras épocas gozó de gran prestigio. En la novela, además, se nos ofrece una ventana al pasado gracias a una de las antepasadas de Elena, gracias a quien descubrimos el poder y la magia que rodeaban la composición de un perfume personalizado, un deseo largamente satisfecho en reyes, reinas y personas de alcurnia de siglos atrás.

Las referencias al mundo olfativo, que casi adoptan la forma de una amena clase teórica, se encuentran acompañadas de bellísimas descripciones de las dos ciudades protagonistas, Florencia y París, dos de los enclaves más bonitos en que se pueden ambientar una novela. Los personajes, por otro lado, están magníficamente perfilados y todos hacen gala de una fuerte personalidad que en ningún momento traicionan ni olvidan. Por último, la increíble y complicada historia de amor que vive Elena en la ciudad romántica por excelencia resulta una delicia. Se trata de un romance que, como si de un buen perfume se tratara, cuenta con una buena mezcla, unas acertadas notas de entrada y de salida y un corazón vibrante y potente.

Gracias a la literatura me he acercado a escritores que no han dudado en inmortalizar sus profesiones en sus obras. Así, he aprendido pequeñas nociones de ámbitos tan apasionantes y distintos como la veterinaria, la educación, la gastronomía o la viticultura, por citar solo cuatro. Terminada La estela de los perfumes, de Cristina Caboni, a partir de hoy conceptos como mouilletes y nombres como helicriso o neroli no me serán ya ajenos. De todo se aprende, y todos somos conscientes de la maravillosa lección que supone una novela bien documentada y presentada. Tanto si preferís la fragancia seductora del ámbar gris como si lo vuestro son los aromas resinosos y armoniosos de esencias como la milenrama, encontraréis algún olor que os guiará por la historia de Elena, una inigualable perfumista que os aguarda para revelaros muchos secretos.

Una madre, de Alejandro Palomas

 
 
Título: Una madre
Autor: Alejandro Palomas
Editorial y año: Siruela, 2014

Faltan unas horas para la medianoche. Por fin, después de varias tentativas, Amalia ha logrado a sus 65 años ver cumplido su sueño: reunir a toda la familia para cenar en Nochevieja. Una madre cuenta la historia de cómo Amalia entreteje con su humor y su entrega particular una red de hilos invisibles con la que une y protege a los suyos, zurciendo los silencios de unos y encauzando el futuro de los otros. Sabe que va a ser una noche intensa, llena de secretos y mentiras, de mucha risa y de confesiones largo tiempo contenidas que por fin estallan para descubrir lo que queda por vivir


Estoy convencido de que, en literatura, la sencillez puede ser una gran virtud. A veces no es necesario que la trama sea un auténtico tapiz de ingredientes; basta con que el autor tenga claro su objetivo y cuente con destreza suficiente para hacer de un argumento a priori discreto una verdadera maravilla. Una madre, de Alejandro Palomas, es esto último, y por varias razones. Es una de las novelas más tiernas y acogedoras que he leído nunca y no puedo más que recomendárosla muy encarecidamente, por los motivos que esgrimiré a continuación, para que también vosotros os adentréis en una lectura que hay que paladear como si de un postre de corte familiar pero irresistible se tratara.

Llega fin de año y Amalia está muy nerviosa. Ha planeado una cena con sus tres hijos y, aunque ha procurado controlar todos los detalles, en su casa, y casi siempre por su culpa, aparecen obstáculos que impiden que una simple reunión sea un éxito. Por más que se empele, no todo transcurre según lo planeado, y eso no puede suceder en un día tan importante. Fer, Silvia y Emma, los hijos de Amalia, pondrán un granito de arena tanto para construir los cimientos de la noche como para provocar que estos de vengan abajo. Pase lo que pase, sin embargo, y a pesar de las inesperadas noticias que acuden a la velada, una figura se yergue entre ellos como el faro de una familia normal y corriente y, al mismo tiempo, distinta: una madre única y especial a la que nada ni nadie es capaz de vencer.

Una cena de fin de año y una reunión familiar. Ese es el escenario cotidiano sobre el que parte Una madre, una novela que me da la razón cuando afirmo que huir de tramas y estructuras rebuscadas puede ser un gran acierto. Alejandro Palomas nos invita a entrar en un universo particular y precioso cuya reina, la protagonista de la historia, roba el corazón de los lectores desde el momento mismo en que hace acto de presencia. El maravilloso perfil de Amalia, en el que todos veremos reflejados pensamientos o comportamientos de nuestras madres o abuelas, es el centro alrededor del cual giran los personajes que desfilan por su casa. Se nos presenta como una mujer de carne y hueso, real, mundana, con la que no cuesta empatizar y a la que comprendemos, y aprendemos a querer, a medida que la vamos conociendo. La protagonista perfecta para un libro tan bello como este.

La prosa del autor, por otro lado, nos envuelve en un cálido abrazo del que no resulta fácil desprenderse. Con un estilo pulcro e impecable, Palomas nos abre las puertas de este hogar tan singular en el que todos querríamos vivir. Humor, ironía, emoción y amor, cuatro espléndidos elementos que se ocultan detrás de las palabras bien escogidas; cuatro caminos diferentes por los que llegar al mismo destino; cuatro maneras de vivir la vida y de relacionarse con los demás. En la narración se ha impreso tanta sensibilidad, tanto sentimiento, que a uno, al terminar la novela, le queda un vacío insondable. Lo podrá llenar otro libro, por supuesto, pero este difícilmente hará sombra al halo de afable verosimilitud que acompaña a la historia de Amalia.

No es fácil encontrar el equilibrio entre sencillez y llaneza. Son dos conceptos sinónimos que pueden llegar a confundirse. Alejandro Palomas, no obstante, sabe bien qué los diferencia y no duda en demostrarnos que el día a día y las existencias de unas personas reales son tan interesantes, o incluso más, que el viaje más heroico o el mundo más fantástico. Una madre describe, con elegancia y candor, situaciones creíbles que consiguen conmover precisamente por la verdad que encierran. Como en casa, en ningún sitio, solemos decir. Aprovecho esta conocida expresión para aconsejaros esta historia, en la que os sentiréis, creedme, como en casa.

El cielo en un infierno cabe, de Cristina López Barrio

 
 




Autora: Cristina López Barrio
Editorial y año: Plaza & Janés, 2013

Toledo, 1625. Una mujer se encuentra presa en la cárcel secreta del Tribunal de la Santa Inquisición, acusada de hechicería. Varias personas aseguran que causa enfermedades y desgracias con la sola imposición de sus manos desnudas. ¿Es una bruja o una santa? ¿O quizás solamente una farsante?


Cuánto me atrae, y qué interesante me parece, la historia de España. Hay episodios tan emocionantes y singulares que no me resisto a viajar al pasado cuando una novela me invita a ello. Uno de los momentos más oscuros, aunque no menos interesantes, está protagonizado por la Inquisición, bajo cuyos cetros se cometieron numerosas injusticias y barbaridades. El cielo en un infierno cabe es el poético título que da nombre a la segunda novela adulta de Cristina López Barrio, una brillante escritora a la que conocí con La casa de los amores imposibles, obra ya convertida en una de mis preferidas de todos los tiempos. Altas eran las expectativas y más alto aún ha sido el resultado. ¡Qué maravilla de lectura!

La Santa Inquisición va a juzgar a Isabel de Mendoza, una mujer de cuyas manos se afirman poderes diabólicos, capaces tanto de sanar como de arrebatar la vida. Al tribunal arriba Berenguela, una mujer convencida de que la identidad de la prisionera es errónea: ella la conoce bien, pues trabajaba en el hospicio en el que Isabel, con el nombre de Bárbara y un sorprendente don, llegó de pequeña. El relato de Berenjena, como todos la conocen, descubrirá a una joven especial, cuyo destino fue unido al de otro muchacho que tampoco parece de este mundo. Dos figuras esenciales en el tablero en el que se juega una partida peligrosa: la que enfrenta las creencias ancestrales con el catolicismo más obtuso.

El cielo en un infierno cabe es una novela sobresaliente a la que yo no dudaría en otorgar una matrícula de honor. Tanto disfruté con el libro anterior de Cristina López Barrio que grandes eran mis temores a sufrir una decepción; temores infundados. Es una historia en la que convergen ingredientes de altura que la convierten en una indiscutible obra maestra. La ambientación, por ejemplo, es impecable. La autora demuestra que documentarse da radiantes frutos y recrea, muy fielmente, la época convulsa a la que ha decidido transportar la acción. Una trama que, además, recoge el realismo mágico de La casa de los amores imposibles, una corriente de la que me declaro gran admirador. El argumento no está desprovisto de sobresaltos, antes al contrario: cuando menos se espera aparece un giro dramático, un as que la novelista se guarda en la manga y que pone de manifiesto su innegable talento.

Asimismo, el acertado elenco de personajes soporta con aplomo y entereza el peso de la novela, sobre todo gracias al trabajo de caracterización que precede a la escritura de sus aventuras. El ritmo de la novela no solo no decae, sino que va incrementándose hasta culminar en un desenlace inesperado que yo, jamás de los jamases, habría sido capaz de anticipar. Pero el elemento clave, la guinda de este pastel de fina repostería literaria, es la historia de amor de Bárbara y Diego, un romance atípico y asombroso con el que me he emocionado en varias ocasiones. Los sentimientos de ambos son muy intensos y atraviesan las páginas, de modo que se precipitan sobre el desprevenido lector con la fuerza que acompaña a las grandes pasiones. Las novelas históricas a veces cojean en el lance amoroso; esta, en cambio, sale airosa y beneficiada de la relación entre los protagonistas, y ¡de qué manera!

Amistad, amor, magia, religión, traición, venganza, poder, miedo, desconcierto, fascinación, esperanza... Todos estos sustantivos, y muchísimos más, tienen cabida en El cielo en un infierno cabe, la joya que nos ha regalado Cristina López Barrio, una escritora de la que ya no volveré a dudar. Después de asistir a su nuevo éxito, tan solo me queda esperar con los brazos abiertos cualquier libro que tenga a bien escribir, porque estoy seguro de que me convencerá. No sabría con qué libro quedarme, si con este o con La casa de los amores imposibles. Aunque ¿por qué debo decidir? Aprovecho la reseña de hoy para recomendaros los dos. O, lo que es mejor, llamar vuestra atención sobre una autora que aún tiene mucho que decir y que dará que hablar en el futuro. Leed alguno de los que he mencionado, leed su libro juvenil o el que llega este mismo mes, no me importa, pero ¡leed algo suyo!

Yo fui Johnny Thunders, de Carlos Zanón

 
 
Título: Yo fui Johnny Thunders
Autor: Carlos Zanón
Editorial y año: RBA, 2014

Francis, Mr. Frankie, decide regresar al lugar donde vivió las primeras cosas, su barrio. Se marchó persiguiendo su particular sueño de rock’n’roll, que le llevó a acariciar con la punta de sus dedos una fama tóxica y efímera. Ahora Francis vuelve para dejar atrás la miseria y la drogadicción. Pero su viejo barrio son ruinas por donde aún deambulan su padre, su medio hermana, su primera novia y algún que otro amigo. Francis quiere empezar de nuevo y hacer las cosas bien. El problema son los atajos, las canciones de tres minutos, la imposibilidad de olvidar quién fue. Va a necesitar algo más que promesas para salir adelante. 



La novela negra en español ha experimentado un auge imparable en los últimos años. Por fin los lectores dejan de fiarse únicamente de nombres extranjeros cuando andan en busca de una historia oscura y trepidante que los mantenga en un estado de nervios e inquietud. Uno de los primeros escritores patrios en ser publicados en, quizá, la mayor colección del género —la Serie Negra de RBA— fue Carlos Zanón, quien hace pocos días ha recibido el premio Dashiel Hammett, que otorga la Semana Negra de Gijón, por Yo fui Johnny Thunders. Es precisamente esta obra la que leído y disfrutado, y la que os recomiendo hoy, sobre todo por dos motivos.

Mr. Frankie ha dejado atrás el glamour de cuando era un músico algo conocido y ahora es tan solo Francis, un hombre que vuelve a su barrio barcelonés natal. El regreso coincide con su deseo de superar adicciones, mejorar el presente y ganarse la segunda oportunidad que cree merecer. No se lo pondrán fácil, sin embargo, y Francis se verá obligado a demostrar que, esta vez sí, en efecto ha cambiado. Y no tanto a los demás, quienes recelan de alguien con un historial como el suyo, como a sí mismo, la persona que más obstáculos le pondrá, cuyos errores parece empeñado en repetir. Pase lo que pase, eso sí, en su pasado siempre le quedará un indudable momento de gloria: cuando fue Johnny Thunders.

El primer aspecto que me atrapó, ya en la primera página de Yo fui Johnny Thunders, es la prosa de Carlos Zanón: un estilo potente, desgarrador, visceral incluso, que casa a la perfección con el halo plomizo que envuelve el recorrido vital de Mr. Frankie. Vale la pena destacar la brillante naturalidad de los diálogos, que con una fuerza inusitada y clamorosa dan voz a unos personajes creíbles y humanos. Lo que sí he echado de menos, y es el único defecto que he encontrado al libro, es una mejor labor de revisión. La presencia de errores ortotipográficos desgraciadamente desmerece en parte el gran trabajo en la narración. En mi opinión, y por más que la crisis económica apriete, el corrector es uno de los profesionales que jamás deben faltar en una publicación editorial; no en vano es quien se ocupa de limar y embellecer, más si cabe, el resultado final.

No obstante, la cabra siempre va hacia el monte —y, en especial, cuando dicho monte es su lugar de nacimiento—. Mi querida Barcelona se alza como un personaje más y aparece descrita con tanta pasión, con tanta verdad, que resulta imposible resistirse a la magia de barrios míticos y de plazas y calles por las que uno ha transitado. Escenarios maravillosos, plasmados con maestría en la obra, que no podían sino servir de marco para una trama intensa y vibrante como esta. Y por último, me gustaría destacar el mensaje que, entre líneas, podemos encontrar en la novela: todo el mundo merece una segunda oportunidad, una nueva posibilidad de enmendar los fallos del pasado. Esa es la lección que nos transmite Francis, cuya historia se convierte en un canto a la vida y al futuro.

Ni me sorprende el premio concedido a Yo fui Johnny Thunders ni me sorprenden las razones que han situado a Carlos Zanón en uno de los lugares preeminente de la novela negra en español. No solo os invito a conocer a Francis y a adentraros en una novela de excesos, equivocaciones y perdón, no: os animo a acompañar a este gran protagonista en sus correrías por una de las ciudades más mágicas, uno de los enclaves que acoge siempre con alegría y generosidad cualquier aventura literaria. Mr. Frankie, en el clímax de su carrera, fue Johnny Thunders por una noche. Si queréis saber quién es ahora, o quién más ha sido o fue, no os perdáis este libro.

Diez cosas que he aprendido del amor, de Sarah Butler

 
 
Autora: Sarah Butler
Traductora: Montse Triviño
Editorial y año: Duomo, 2013

Alice regresa a Londres para acompañar a su padre en sus últimos días. Herida por la ruptura con el hombre con el que creyó que se casaría, inicia un viaje de retorno a una ciudad que alberga tantos destinos como historias en común. Allí se encontrará a Daniel. Ella no sabe que observar detenidamente las estrellas y hacer listas son cosas que comparte en la soledad con este hombre que vaga por las calles y deja mensajes cofidicados en esquinas y parques con la ilusión de reencontrarse con su hija perdida, deseando decirle todas las palabras que su corazón alberga y que quizá pronto tendrá el valor de expresarle.


El amor, el sentimiento más puro, anhelado y valorado del ser humano. Tiene tantos subtipos que resulta verdaderamente difícil listarlos todos. En Diez cosas que he aprendido del amor nos alejamos del romance de pareja para adentrarnos en el amor que se profesan un padre y una hija que el tiempo y las circunstancias han separado y que ni tan siquiera se conocen. Sarah Butler traza el recorrido vital de dos personajes atribulados en una historia curiosa y agradable de leer en la que, sin embargo, he echado de menos un perfil más humano de la protagonista femenina y un final más apoteósico.

Alice es una mujer que aún no ha encontrado su lugar en el mundo. Vive de aquí para allá, en una suerte de existencia nómada que se trunca cuando a su padre le informan de que apenas le quedan unos días de vida. La joven no duda en regresar al lado de su progenitor, sin saber que la vuelta a casa la hará visible y cercana a los ojos de un hombre sin suerte, que vaga por las calles en busca de la hija que el destino le arrebató. Cuando, por fin, Alice y Daniel se conozcan, los dos vivirán la segunda oportunidad que no les dejaron experimentar, si bien a esas alturas no será fácil aceptar la verdad.

Diez cosas que he aprendido del amor ofrece una vuelta de tuerca al género y nos presenta a un padre y a una hija que se van a reencontrar después de muchos años de silencio y vacío. Sarah Butler construye una trama interesante, aderezada con un estilo ágil que no se resiste a sorprender con suaves pinceladas de humor e ironía. Incluir en la novela a Cee y a Tilly, las hermanas de Alice, me ha parecido un acierto. Las escenas en que aparecen y nos devuelven a la cruda realidad son fantásticas, probablemente los mejores momentos de la novela. Las personalidades de ambas se oponen a la de Alice en un contrapunto perfecto e imprimen carácter y fuerza a los distintos capítulos del libro.

No obstante los aspectos positivos que he destacado hasta ahora, resulta complicado disfrutar una novela del todo cuando no empatizas con la protagonista. Y eso es lo que me ha sucedido: en ningún momento he sentido simpatía ni proximidad para con Alice. Se me ha antojado un perfil opaco, en cierto modo incomprensible, y en numerosas ocasiones no he sabido entender sus reacciones, a menudo rodeadas de un halo entre infantil e ilógico. Tampoco me ha convencido el final, en el que la autora no exprime todo el potencial de la historia y se deja por el camino las grandes emociones que debería despertar; un desenlace descafeinado y desprovisto de sentimientos que me ha entristecido, porque esperaba más de él y me ha sabido a poco.

Hay que andar mucho cuidado, creo yo, al recomendar o desaconsejar una lectura. Donde alguien ve un cierre carente de pasión otro encontrará el desenlace comedido y perfecto; donde una persona halle una protagonista borrosa, otra dirá que es un perfil magníficamente grisáceo. Aunque Diez cosas que he aprendido del amor no me ha provocado dolor y ternura, como quizá sea el objetivo de Sarah Butler, es una historia entretenida y en cierto modo original que ahonda en una cuestión poco tratada en literatura y que me ha parecido refrescante leer. No voy a mentiros afirmando que la novela me ha encantado, porque no ha sido así, pero si os llama la atención os invito a darle una oportunidad.