El beso más pequeño, de Mathias Malzieu

 
 

Título: El beso más pequeño
Autor: Mathias Malzieu
Traductor: Robert Juan Cantavella
Editorial y año: Reservoir Books, 2013

Chico busca a chica... Pero ¡un momento!, que nuestros personajes son mucho más originales. Chico enamorado busca a chica con nombre de flor y que cuando la besan desaparece. Chico enamorado y desesperado recurre a un extraño detective privado especialista en cazar mujeres difíciles. Y así da comienzo una aventura que nos planteará una última pregunta: cuando encontramos al amor de nuestra vida, ¿sabemos conservarlo?


Conocí a Mathias Malzieu en La mecánica del corazón, una novela que me sorprendió gratamente, de cuyo éxito me alegré mucho. Nuestra relación se truncó con La alargada sombra del amor, una historia que me dejó más bien frío por culpa de una prosa desangelada que no me esperaba. Unos años después, me dispongo a desempatar, e inclinar así el vínculo autor-lector hacia uno de los dos lados de la balanza, con El beso más pequeño, su último libro. ¿En qué ha desembocado esta tercera lectura?, me preguntaréis. Pues bien, con alegría puedo decir que me he reconciliado con el escritor francés.

El beso más pequeño del mundo es el que se dan los dos protagonistas. Un beso efímero que, sin embargo, conlleva la desaparición física de ella. Él pronto se sume en una depresión de la cual solo sale cuando toma una decisión: quiere encontrar a la chica invisible. Para ello contará con la ayuda de un viejo investigador y del loro de este, un animal único en su especie, con quienes avanzará poco a poco hasta conseguir su objetivo. Una vez contactada la muchacha, ¿bastará el amor que siente por ella para afianzar la relación? ¿O la imposibilidad de verla destrozará las bases de sus sentimientos?

En El beso más pequeño he reencontrado el estilo agradable e íntimo de Mathias Malzieu. Después de una novela que, para mí, se aleja bastante de la anterior, en su cuarto libro publicado en nuestro idioma he hallado los ingredientes que me cautivaron y emocionaron en La mecánica del corazón. Ante todo, sobresale la figura de los protagonistas, dos personalidades distintas y sólidas que encajan a la perfección, a pesar de los evidentes obstáculos que debe esquivar su relación. Un romance que, por otro lado, se alza dulce y reconfortante como un abrazo, intenso y emotivo como la vida. Si unimos unos personajes magnéticos y una historia de amor diferente y sentida, el resultado solo puede ser uno: una lectura vibrante.

Todos los libros de este autor llevan impresos un halo de magia y fantasía que envuelve la trama y que seduce desde el primer párrafo. En este caso se cumple la norma y la novela en ocasiones huye de la realidad para echar mano de unos ingredientes fantásticos y vívidos que, en forma de mágicas pinceladas, dan color a la obra y aportan el toque especial de Malzieu, ese savoir-faire que ha conquistado a millones de lectores en todo el mundo. No puedo terminar sin agradecer, y ensalzar, la maravillosa ternura con que sucede todo, esa candidez casi infantil que nunca está de más recordar y, por qué no, incluir en nuestro día a día. Leer historias tan bonitas como esta es una buena manera de recordar cómo éramos cuando mirábamos la vida con ojos limpios y sinceros.

Creo que en literatura es importante dar segundas oportunidades. El desencuentro con un escritor cuya obra no nos ha convencido no conduce irremediablemente a un callejón sin salida. La experiencia me ha demostrado que es interesante apostar por esos autores que ya una vez nos han demostrado su talento. El beso más pequeño es una novela espléndida que sigue la estela de La mecánica del corazón y que me devuelve al Mathias Malzieu que tanto y tan positivamente me impactó en su primer libro arribado a nuestro país. La historia de la chica invisible también puede interpretarse como un canto a los sueños, como una invitación a no dejar jamás de perseguir nuestros deseos. Con un poco de esfuerzo seguro que somos capaces de llegar a donde nos propongamos.

El regreso del Catón, de Matilde Asensi

 
 



Autora: Matilde Asensi
Editorial y año: Planeta, 2015

¿Qué pueden tener en común la Ruta de la Seda, las alcantarillas de Estambul, Marco Polo, Mongolia y Tierra Santa? Eso es lo que los protagonistas de El último Catón, Ottavia Salina y Farag Boswell, tendrán que averiguar poniendo de nuevo sus vidas en peligro para resolver un misterio que arranca en el siglo I de nuestra era.


Los superventas en nuestra lengua tienen mucho que agradecer a Matilde Asensi, una de las primeras novelistas en convencer a los lectores de que los autores patrios son tan buenos como los extranjeros. Y quizá mejores. El último Catón, uno de mis libros favoritos de todos los tiempos, la situó en el trono de los escritores contemporáneos. Catorce años después, recupera a sus protagonistas en El regreso del Catón, una nueva aventura de Ottavia, Farag y Kaspar a la que me adentré con el miedo de que no estuviera a la altura. Y sí, sí lo está. No supera a la predecesora, de acuerdo, pero es una dignísima continuación.

Varios años después de que descubrieran la tumba de Constantino y de que Kaspar fuera nombrado Catón de los staurofílakes, Ottavia y Farag conocen a los Simonson, un matrimonio anciano muy poderoso que les pide un favor muy peculiar: su participación en la búsqueda de unos osarios que demostrarían que Jesús fue solo hombre, tuvo familia y no resucitó. A pesar de las reticencias iniciales, Ottavia acepta embarcarse en un viaje que la llevará desde Canadá hasta Mongolia, desde Turquía hasta Israel, en busca de la prueba que demostraría la existencia solo terrenal del hijo de Dios. No serán los únicos que querrán hacerse con los osarios, no obstante, y el peligro los perseguirá hasta el final de una travesía que pondrá en riesgo sus vidas una y otra vez.

A estas alturas, Matilde Asensi no tiene que demostrar nada a nadie. Ha publicado tantas novelas, y tan buenas, y ha vendido tantos ejemplares que puede permitirse el lujo de retomar la historia de los protagonistas de su, hasta la fecha, mejor obra. El regreso del Catón también recupera la emoción y la intriga que nos mantuvo a todos fieles al carisma de Ottavia, convirtiéndose así en una lectura verdaderamente vibrante y absorbente que cuesta Dios y ayuda —como diría nuestra querida exmonja— abandonar. El ritmo vertiginoso de la trama, además, viene acompañado de un maravilloso elenco de personajes, entre los cuales destacan el trío que protagonizó El último Catón. Solo por el hecho de volver a «estar» con Ottavia, Farag y Kaspar, tres protagonistas de lujo, vale la pena zambullirse en la nueva apuesta de Asensi.

Por otro lado, el libro se descubre como un intrincado puzle cuyas piezas encajan con precisión de relojero suizo. Las principales religiones, y los textos esenciales de estas, se dan la mano en la historia y hacen las veces de pilares que soportan el peso de un argumento tan atractivo como polémico: la posibilidad de que Jesús en realidad no resucitara. Hasta el creyente más férreo albergará dudas ante la rotundidad con que se esgrimen las razones y las pruebas que desfilan por la novela. Y, como suele suceder con esta gran escritora, la prosa impecable, adornada con una fina ironía que resulta deliciosa, se precipita hacia un final apoteósico en que el lector encontrará la verdad y las respuestas que ansía conocer. Duele despedirse, de nuevo, de los tres protagonistas, pero la vida es dura.

Cuánto miedo me embargó cuando supe de la publicación de El regreso del Catón; no en vano reanuda la historia de una de las novelas que siempre recomiendo a cualquiera que me pida consejo literario. Cuánto miedo y qué infundado estaba, porque Matilde Asensi es Matilde Asensi y si decide dar voz, una vez más, a sus míticos personajes será porque tiene en mente un fantástico motivo. Y así es. Nos regala una aventura apasionante que no da respiro y que lo mantiene a uno en vilo hasta el desenlace. Tan solo me queda contestar a unas preguntas. ¿Era necesaria una continuación de El último Catón? En mi opinión, no. ¿Ha salido airosa la escritora del riesgo que suponía este nuevo libro? En mi opinión, sí. Ahora es vuestro turno: dadle una oportunidad y dadme la razón cuando digo que este libro no os va a decepcionar.

Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl

 
 



Título: Charlie y la fábrica de chocolate
Autor: Roald Dahl
Traductora: Verónica Head
Editorial y año: Alfaguara, 2015 (1964)

El señor Wonka, dueño de la magnífica fábrica de chocolate, ha escondido cinco billetes de oro en sus chocolatinas. Quienes los encuentren serán los elegidos para visitar la fábrica. Charlie tiene la fortuna de encontrar uno de esos billetes y, a partir de ese momento, su vida cambiará para siempre.


Tal vez el objetivo esencial de la literatura juvenil, pero no por ello el menos arduo, sea el de convencer a los lectores más jóvenes de que los libros son algo más que montones de papel agrupado y encuadernado, de que una novela es un fantástico portal a un mundo nuevo, de que la literatura puede formar parte de su vida para enriquecerla y aportar diversión y también conocimiento. Roald Dahl es uno de los novelistas que mejor comprendió las necesidades de los adolescentes y preadolescentes, algo que quedó impreso en su dilatada y brillante bibliografía. Charlie y la fábrica de chocolate es uno de los títulos más conocidos y aclamados del autor galés y ahora, tras haberlo leído por primera vez, entiendo perfectamente los porqués.

Charlie vive con sus padres y sus cuatro abuelos en una casita modesta en la que apenas si pueden cubrirse las necesidades más básicas. Los problemas económicos no impiden, sin embargo, que el joven sueñe con la cercana fábrica de chocolate de Willy Wonka, cuyos aromas bastan para que Charlie se sienta colmado de dulce. Cuando el propietario del gigante chocolatero anuncia que cinco billetes de oro, escondidos en algunas de sus chocolatinas, serán la llave de acceso para cinco privilegiados que podrán entrar en la fábrica y descubrir los misterios que en ella se encierran, a Charlie se le acelera el corazón. A pesar de que su familia no pueda permitirse comprar chocolatinas a menudo, él no va a renunciar a su sueño, y lo seguirá deseando con todas sus fuerzas.

La (buena) literatura juvenil es maravillosa. Si uno tiene la edad del público para el que se han pensado esas historias, disfrutará con el halo de novedad que las envuelve y convertirá la lectura en su afición principal; si uno ya ha dejado atrás la adolescencia, no solo sabrá apreciar también los deliciosos ingredientes que encontrará, sino que emprenderá un viaje al pasado y recordará sensaciones y situaciones de cuando era un mozo. Charlie y la fábrica de chocolate ofrece fantasía y magia, ternura y candor, vitalidad y optimismo, en un equilibrio espléndido que hará las delicias de cualquiera, sin importar la edad que se tenga. Roald Dahl resplandeció con sus argumentos para jóvenes y es justo que nosotros, los adultos devoralibros, reconozcamos la maestría de este peculiar escritor y le demos las gracias por las generaciones de lectores a los que ha animado y formado.

La prosa es directa y se centra en la trama principal, la aventura de Charlie en la fábrica de Willy Wonka, sin descripciones innecesarias ni circunloquios eternos. El ritmo ágil y constante logra que el lector mantenga el interés por la historia en todo momento y no hay ni un solo párrafo en que la lectura se convierta en una experiencia pesada o aburrida. Por otro lado, el inigualable carisma de Charlie y de Willy eclipsa al resto de personajes y ambos se introducen en el corazón del lector con la intención de no abandonarlo jamás. En la fábrica, además, hace acto de presencia una pincelada irresistible de magia, ese componente que tan bien encaja con las novelas juveniles y que con gran destreza aparece tratado en esta.

Conocí a Roald Dahl gracias a la adaptación cinematográfica de Matilda, película con la que reí y disfruté mucho hará unos quince o veinte años. No obstante, aún no me había acercado a la obra de uno de los autores clave del siglo pasado, y por fin he podido ponerle remedio. Charlie y la fábrica de chocolate me ha abierto las puertas de un universo encantador del que, creedme, no quería salir. Es uno de esos libros que nadie debería perderse. Tan solo lamento no haberlo leído mucho antes, cuando mi yo jovencito habría agradecido introducirse en la literatura de la mano de uno de sus indiscutibles genios. En fin, ¡más vale tarde que nunca!