Lágrimas en la lluvia, de Rosa Montero

 
 
Autora: Rosa Montero
Editorial y año: Seix Barral, 2011

Estados Unidos de la Tierra, Madrid, 2109, aumenta el número de muertes de replicantes que enloquecen de repente. La detective Bruna Husky es contratada para descubrir qué hay detrás de esta ola de locura colectiva en un entorno social cada vez más inestable. Mientras, una mano anónima transforma el archivo central de documentación de la Tierra para modificar la Historia de la humanidad. Agresiva, sola e inadaptada, la detective Bruna Husky se ve inmersa en una trama de alcance mundial mientras se enfrenta a la constante sospecha de traición de quienes se declaran sus aliados.


Es probable que a algunos les sorprenda esta reseña. ¿Una novela de ciencia ficción, en este blog? Pues sí, amigos, así es. Y no es tanto por que la historia me llamase locamente la atención como por la prosa de Rosa Montero, de la que soy un gran seguidor. La autora ha presentado recientemente la segunda parte de las aventuras de Bruna Husky, pese a que yo hoy analizo, y os recomiendo, Lágrimas en la lluvia, el primer libro en el que aparece esa replicante. Debo decir que ha sido tal el nivel de deleite que he sentido a lo largo de la lectura que ha cambiado mi percepción del género. Quién sabe, quizá antes de lo que espero, y esperáis, vuelvo a hablar de una trama ubicada en siglos venideros. Quién sabe…

En los Estados Unidos de la Tierra de principios del siglo XXII, la población se divide en humanos y tecnohumanos. Estos, también llamados «replicantes», son androides creados para llevar a cabo ciertos papeles en la sociedad y no viven más de diez años. Bruna Husky, una detective perteneciente a esta segunda clase, se encuentra de pronto en el ojo del huracán. Lo que a priori parecía una investigación sencilla se convierte en una carrera contrarreloj para desentrañar por qué se están sucediendo tantos asesinatos y muertes con los replicantes como protagonistas y por qué parece ser que todo gira en torno a Bruna y a la gente a la que ella conoce.

La ciencia ficción nunca me ha resultado atractiva. Tal vez se deba a mi mala experiencia con clásicos del género, como Un mundo feliz, o a que los avances tecnológicos y científicos extremos, a menudo relacionados con los robots, no me atraen. Abordé, pues, la lectura de Lágrimas en la lluvia con cierto temor, si bien sabía que la narración de Rosa Montero me iba a atrapar, como me sucedió en su día con Instrucciones para salvar el mundo y con Historia del rey transparente. El estilo impecable, directo e irónico de la escritora, sin embargo, ha logrado que me sumergiera en el universo particular que retrata en la obra y que disfrutara de las particularidades de un futuro no tan lejano ni inverosímil. Es uno de aquellos casos en que el cómo es tan bueno que enaltece el qué.

La frescura de la trama, por otro lado, pronto queda eclipsada por el ritmo frenético y trepidante que impregna el libro, como si de un thriller al uso se tratara, aunque con pistolas de plasma, viajes interestelares y memorias adulteradas. Debo decir que todos estos ingredientes me han seducido por completo por el grado de realidad que los envuelve y porque la autora no se limita a presentar un escenario inventado, sino que cuenta cómo ha evolucionado el mundo hasta llegar a ese estadio. Una senda tecnológica verdaderamente apasionante. Por último, no puedo más que expresar la alegría que siento al saber que Bruna Husky protagonizará más historias. La replicante me ha conquistado y ardo en deseos de saber en qué nuevos peligros andará metida.

Rosa Montero ha conseguido convencerme en el género en el que, de lejos, me siento menos cómodo. Lágrimas en la lluvia nos invita a un increíble salto en el tiempo, a un momento en que ha habido numerosos e importantes cambios políticos, sociales, económicos, etc. Quienes seáis, como yo, neófitos en este tipo de historias seguro que disfrutáis de la vibrante lectura de este libro. A quienes ya nadéis con soltura en las aguas de la ciencia ficción no sé si atreverme a recomendaros esta lectura, puesto que desconozco hasta qué punto es innovadora y rompe esquemas o presenta algo nuevo. Lo que sí sé es que espero hacerme pronto con El peso del corazón, el regreso de Bruna Husky, y también con el resto de obras de la novelista y periodista madrileña que aún tengo pendientes.

La Templanza, de María Dueñas

 
 
Título: La Templanza
Autora: María Dueñas
Editorial y año: Planeta, 2015

Nada hacía suponer a Mauro Larrea que la fortuna que levantó tras años de tesón y arrojo se le derrumbaría con un estrepitoso revés. Ahogado por las deudas y la incertidumbre, apuesta sus últimos recursos en una temeraria jugada que abre ante él la oportunidad de resurgir. Hasta que la perturbadora Soledad Montalvo, esposa de un marchante de vinos londinense, entra en su vida envuelta en claroscuros para arrastrarle a un porvenir que jamás sospechó. De la joven república mexicana a la espléndida Habana colonial; de las Antillas al Jerez de la segunda mitad del XIX, cuando el comercio de sus vinos con Inglaterra convirtió la ciudad andaluza en un enclave cosmopolita y legendario.


María Dueñas se ha convertido en uno de los grandes nombres de la literatura contemporánea en nuestro idioma. El asombroso éxito de El tiempo entre costuras, muchos meses antes de que se emitiera la serie de televisión, la catapultó y dejó claro que había llegado al mundo editorial para quedarse. Su tercera novela, La Templanza, la más vendida del pasado Sant Jordi, recupera el halo de aventura que impregnaba su ópera prima y nos invita a un fantástico viaje entre México, Cuba y España en pleno siglo XIX. Una vez más, sobresale la prosa impecable y excelente de la autora y la habilidad que demuestra, con cada nueva apuesta, en la construcción del perfil de los personajes.

Mauro Larrea es un hombre hecho a sí mismo. Nacido en España, fue en México donde alcanzó la gloria gracias a la plata que sacaba de sus minas. Cuando todo se va al traste por culpa del cruento enfrentamiento que asola los Estados Unidos, las grandes inversiones que había hecho se vuelven en su contra y se queda casi arruinado. Dispuesto a recuperar la buena posición social de que ha gozado en los últimos años, no duda en embarcarse en una odisea que recorrerá tres países y durante la cual conocerá a mujeres que intentarán monopolizar su vida en contra de sus deseos y a hombres que echarán mano de múltiples recursos para acabar, de una vez por todas, con su frágil situación.

Lo he afirmado en numerosas ocasiones y lo repetiré siempre que haga falta: María Dueñas es la mejor escritora que ha dado nuestro país la última década si nos centramos en la narración. Su estilo pulcro, elegante y excelente hace las delicias de quienes somos muy exigentes y andamos en busca de novelas magistralmente escritas. En La Templanza hallamos, de nuevo, la pluma exquisita y perfecta de una autora que sabe respetar y transgredir la gramática al mismo tiempo, consiguiendo así un resultado que a mí me resulta delicioso e irresistible. Las fantásticas descripciones que añade en el libro, por otro lado, dan forma a los escenarios por los que transita la trama y ayudan a que el lector visualice las calles, las casas, los puertos con todo lujo de detalles. Con una base tan sólida, es difícil que la lectura de la novela sea poco satisfactoria.

Y es que a lo anterior hay que añadir la destreza con que perfila a los personajes —Mauro Larrea es un protagonista brillante que irradia fuerza y magnetismo—, el buen pulso y ritmo narrativo que no da tregua en ningún momento, la verosimilitud con la época retratada —se agradece notar la documentación que precede a la escritura de la obra— y otras cuestiones que prefiero no analizar, a fin de que os los encontréis vosotros mismos al adentraros en la novela. Por último, me gustaría felicitar a los editores que se han encargado de la edición de la obra por las buenas decisiones que han tomado en los distintos elementos que forman el ejemplar: cubierta, guardas, interior…, da gusto tener en las manos y disfrutar acabados tan bonitos cuyo valor, si bien estético, no hay que menospreciar.

Con María Dueñas me he llevado tres sorpresas, una con cada libro que ha publicado. Primero fue la de asistir al maravilloso tapiz que formaba El tiempo entre costuras. Después, la de comprobar con alegría que Misión Olvido nada tenía que ver con la historia precedente. Y, ahora, la de presenciar cómo La Templanza recoge ingredientes de las dos obras anteriores y plantea otros que dan fe de lo mucho que aún nos puede ofrecer la novelista ciudadrealeña. Tengo la sensación, sin embargo, de que la escritora todavía no ha echado mano de toda la maestría. La ha ido dosificando poco a poco y nos ha regalado tres grandes libros, pero estoy convencido de que su mejor obra está aún por llegar. Y aquí estaré yo para leerla y exclamar un feliz «¡os lo dije!».

Crezco, de Ben Brooks

 
 
Título: Crezco
Autor: Ben Brooks
Traductora: Zulema Couso
Editorial y año: Blackie Books, 2011

No sabemos si los jóvenes cuyas tribulaciones se cuentan aquí son realmente insensatos, egoístas, crueles, retorcidos e incapaces de sentir empatía, o solo se esmeran por parecerlo. A veces, entre las clases y los exámenes, las muchas drogas y el poco o mal sexo, uno diría que hasta se interrogan moralmente. En esta especie de diario ficcional, narrado desde una perspectiva descarnada, adolescente pero resabiada, necesariamente irónica, a veces tierna y, sobre todo humorística, se cuentan las desventuras de un tal Jasper, aspirante a escritor, que escribe cuando no hace las cosas ilegales arriba mencionadas.


Cuando uno se deja llevar por una recomendación ante la que siente ciertas dudas, por la distancia que la separa de sus propios gustos personales, pueden suceder dos cosas: la sorpresa más inesperada o el desastre más absoluto. Es muy probable que ya anticipéis el resultado de la experiencia que ha supuesto para mí la lectura de Crezco, la ópera prima de Ben Brooks, quien recientemente ha cosechado muy buenas críticas con Lolito. La historia de Jasper se aleja tanto de mis preferencias que la debacle era previsible, y tal vez imposible de salvar. Terminada la novela, me queda un sentimiento vacío, la sensación de que no he logrado entrar en el libro en ningún momento. Quizá por eso me ha gustado tan poco.

Jasper es un adolescente que aspira a ser escritor, aunque solo se dedica a ello en sus escasos momentos libres. Las horas restantes las pasa con sus amigos, en fiestas en las que el alcohol y el sexo corren libremente; en clase; en los encuentros con su amiga Tanaya para demostrar que su padrastro asesinó a su ex; en las citas con la psicóloga. Este diario personal y sarcástico pretende que nos adentremos en la mente de Jasper y lo acompañemos en el duro trance que supone dejar atrás, ya para siempre, la infancia y acercarse peligrosamente a la edad adulta.

Sexo, drogas y... Sí, falta el rock and roll para terminar la célebre ecuación. Crezco se centra en las aventuras sexuales de varios jóvenes, en especial en las de Jasper, el protagonista, y en cómo tanto él como sus allegados no dudan en lanzarse a los brazos de las drogas. Ben Brooks ha construido una mirada incisiva, irónica y despiadada de un muchacho desencantado con la vida, una crítica a la sociedad actual que a mí me ha dejado totalmente indiferente. Ya suponía que este libro no estaba dirigido a mí, pero me dejé convencer para darle una oportunidad, y finalmente la conclusión no me ha sorprendido en absoluto: es una novela que no me ha gustado, de la que nada he sacado y tras cuyo final solo me resta lanzar una pregunta: ¿y a mí qué?

No he empatizado ni con Jasper ni con ningún personaje, no me ha convencido la enumeración de escenas de sexo, no me ha gustado el tono superficial ni deprimente de la historia. La adolescencia no me queda tan lejos (más de lo que puedo recordar, sin embargo) y me indigna el retrato que se hace de los jóvenes en el libro. Parece que estos cumplen todos los tópicos que denuncian los adultos, como por ejemplo la falta de interés en los estudios o los deseos irrefrenables de consumir drogas y practicar sexo, y no creo que sea positivo. La historia no pretende generalizar, de acuerdo, pero despierta en mí las ganas de clamar que no todos hemos basado nuestra vida en los estereotipos que desfilan por la novela.

Como ya he comentado, está claro que yo no entraba, ni entro, en el grupo de lectores al cual va encaminado Crezco. El lenguaje soez, si bien verosímil, de la narración no me ha permitido zambullirme en ella y no he sabido ver el talento que tanta gente ha encontrado en Ben Brooks. Después de encadenar tres lecturas con las que no he podido disfrutar demasiado, me dispongo a empezar la nueva apuesta de una autora con cuya prosa el deleite está más que garantizado. Os prometo, pues, que la próxima reseña será bastante más entusiasta que esta y que las dos que la preceden. ¡O eso espero!

Martes con mi viejo profesor, de Mitch Albom

 
 
Título: Martes con mi viejo profesor
Autor: Mitch Albom
Traductor: Alejandro Pareja
Editorial y año: Maeva, 2008 (1995)

Este es el emocionante relato de los encuentros del periodista Mitch Albom con su antiguo profesor Morrie Schwartz, gravemente enfermo, todos los martes. Durante estos encuentros Albom tiene la oportunidad de hacer a su profesor las grandes preguntas que siguen inquietándole y hallar consejo, aliento y energías para empezar de nuevo. A pesar de que a Morrie le queda poco tiempo y de que la enfermedad le impone un doloroso calvario, el viejo profesor no ha perdido su ironía, ni tampoco las ganas y la capacidad de enseñar, escuchar y comprender.



Hay todo una serie de libros de hace apenas un par de décadas que se han convertido en una suerte de clásicos que todo el mundo conoce. Martes con mi viejo profesor es una de aquellas obras de la que siempre he oído hablar pero a la que jamás me había acercado. Al ver en la biblioteca una edición de bolsillo, no me lo pensé y me llevé a casa el libro de Mitch Albom. A pesar de que la gente me decía que era un texto lleno de esperanza, me echaba para atrás el tono doloroso y amargo que podía hallar en las páginas. Lo cierto es que no ha sido así, aunque los encuentros de Mitch y Morrie Schwartz no me han llenado tanto como esperaba. 

Mitch se ha convertido en un célebre periodista deportivo. Un día, por casualidad, le llega el nombre de un viejo profesor de la universidad con el que ha perdido el contacto pero al que siempre quiso y admiró. Morrie Schwartz padece una enfermedad terminal que acabará con su vida en los próximos meses, pero eso no le impide despertarse con una sonrisa y con ganas de enseñar. Mitch decide visitar a Morrie un martes y la conversación lo satisface tanto que establece una rutina: irá a ver a su viejo profesor una vez a la semana y le planteará las preguntas que aún turban su alma y para las que el anciano tiene unas respuestas increíblemente certeras y reveladoras. 

Martes con mi viejo profesor es el emotivo legado que dejó Morrie Schwatz a Mitch Albom, su viejo alumno universitario, una sucesión de charlas en torno a cuestiones universales como la vida, el amor, la familia y, cómo no, la muerte. El tono de los citas, pese al inexorable sufrimiento de Morrie, es claramente optimista e invita a reflexionar sobre esos asuntos con la cabeza fría y con positivismo al mismo tiempo. Se trata de una lectura muy agradable, un bonito canto a la fuerza de vivir y a cómo todos, en cualquier momento, somos capaces de sumirnos en un refrescante proceso de meditación del que, a buen seguro, solamente sacaremos conclusiones interesantes.

Ha habido algo en el libro, sin embargo, que no me ha permitido disfrutarlo del todo. No sé exactamente el qué, pero al terminarlo no me he sentido tan impactado como muchas personas, de quienes he oído y leído que esta es una obra que incluso les ha cambiado la vida. Tal vez se deba a que no he sido capaz de empatizar en ningún momento con el autor. O a que resulta un poco complicado asimilar todas las «enseñanzas» de Morrie cuando este salta de un tema a otro y parece pretender sentar cátedra con unas opiniones con las que es fácil estar de acuerdo, sí, aunque no han supuesto un cambio en mi manera de ver ni de exprimir la vida.

Es curioso cómo a veces nos damos cuenta de que un libro no está hecho para nosotros; de que no entramos en el grupo de lectores a quienes está claramente dirigido. Aun así, nos gusta aproximarnos a una obra con la que dudamos para ver si se cumplen nuestras expectativas o si nos encontramos ante una gran sorpresa. Martes con mi viejo profesor ha cumplido lo que ya creía antes de adentrarme en él: si bien es una obra ágil y positiva y no me arrepiento de haberla leído, no he podido sacarle todo el jugo. No sé si volveré a leer a Mitch Albom; lo que sí sé es que, de hacerlo, elegiré una novela, no un libro de testimonios que casi se encuadra mejor en la autoayuda que en la ficción.