Morena, peligrosa y románica, de Pedro Feijoo

 
 


Título: Morena, peligrosa y románica
Autor: Pedro Feijoo
Editorial y año: Versátil, 2015

Con su permiso voy a introducir un argumento: cuando la señora Chismes, vecina del segundo derecha, llamó a mi puerta, yo pensé que lo que venía buscando era mi amor. O un poco de sal… Pero por lo visto el asunto no iba por ahí. En lugar del deseo ardiente de verme en ropa interior, lo que aquella mujer traía en la cabeza eran dos cosas bien distintas: demasiada colonia barata, y la intención de implicarme en el mayor robo del siglo.


Si hay alguna novela que ejemplifique, para bien, las dos acepciones que recoge el diccionario para el término «disparate», esa es Morena, peligrosa y románica. Conocí a Pedro Feijoo gracias a Los hijos del mar, la primera novela del autor gallego que vio la luz en español, una historia trepidante y oscura que me conquistó por completo. A pesar de la negrura de la trama, ya en boca del protagonista atisbé un humor fino, una ironía mordaz, que me sorprendió y agradó al mismo tiempo. En su nueva apuesta, el autor da rienda suelta a todo su ingenio y echa mano de numerosas bromas y gracias para arrancar sonrisas o risas en el lector. Es un auténtico disparate, sí, pero divertidísimo.

Dante Odeón es un agente artístico con poca suerte en la vida. Cuando la señora Chismes, una de sus vecinas, lo confunde con un agente secreto y le pide que busque a Miqui, su hijo, un bala perdida que lleva desaparecido más tiempo de lo que viene siendo normal, Dante acepta el encargo pensando que así merecerá un encuentro íntimo y fogoso con una de las cotorras del barrio. Encontrar al chico no resulta difícil, pero lo que sí le complicará la vida es saber que el muchacho forma parte de la Banda Peligro, un grupo de desgraciados neuronalmente limitados que pretenden asaltar la catedral de Santiago para robar el botafumeiro. Sin querer, Dante cambiará los planes de los delincuentes y se verá arrastrado a Barcelona, donde la banda ha puesto su nuevo objetivo: la virgen negra de Montserrat.

Sí, sí, habéis leído bien: los protagonistas pretenden robar la Moreneta, uno de los símbolos catalanes más importantes. Es un punto de partida tan absurdo y extraño que acaba por resultar genial. Pedro Feijoo se deja llevar por su formidable sentido del humor para presentarnos una parodia disparatada que recurre, una y otra vez, a juegos de palabras, a graciosas ambigüedades y a un sinfín de situaciones estrambóticas y simpáticas a fin de que el lector pase un rato agradable con la lectura de la obra. Y lo consigue. Morena, peligrosa y románica es ya, desde el título mismo, un despropósito que juega con la realidad para relatar unos hechos rocambolescos, una sucesión de escenas protagonizadas por un maravilloso elenco de tipos estúpidos capitaneados por el narrador, tal vez el ser con menos fortuna que ha llegado a pisar Galicia y Cataluña.

La voz de Dante, una suerte de álter ego —por suerte muy alejado— del autor, atrapa gracias a la frescura que transmite y a una genial mezcla entre elegancia y vulgaridad, entre expresiones coloquiales y vocablos que pocos académicos de la lengua suelen utilizar. Ese monólogo de estilo desenfadado y léxico bipolar es un ingrediente más que añade hilaridad al libro y que nos lleva a aplaudir la creatividad de un escritor que tiene mucho que decir, tanto en novela negra como en historias de humor. Vigo y Barcelona, por último, son dos personajes más de la novela y aparecen retratados muy fielmente; los escenarios por los que vagabundean los protagonistas quizá sean el único elemento verosímil que no es del todo partícipe de la locura que envuelve al argumento.

El viernes pasado tuve la suerte de acudir a la presentación de Morena, peligrosa y románica en una de las librerías míticas de la capital catalana y de conocer, por fin, a Pedro Feijoo. En dicho evento, que también se impregnó del halo de despropósitos, se comparó al autor y a Dante Odeón con Eduardo Mendoza y su detective loco. Si bien debo confesar que soy más partidario y seguidor del escritor gallego que de mi paisano, es cierto que la espiral de sinsentidos de la obra recuerda a novelas como El misterio de la cripta embrujada. Tanto si sois «mendozanos» como si albergáis ciertas reticencias para con las historias locas, de psiquiátrico casi, hacedme caso y dad una oportunidad a este libro, con el que os embarcaréis en una aventura sin igual que logra la meta que se fija en las primeras líneas: divertir. ¡Y cómo!

El silencio del pantano, de Juanjo Braulio

 
 

Autor: Juanjo Braulio
Editorial y año: Ediciones B, 2015

La trama arranca con el hallazgo de un cadáver en un recodo del río Turia. El asesino parece recrear un antiguo ritual romano reservado a los reos culpables de parricidio. El crimen salpica a los poderosos de la sociedad valenciana, que pronto dejarán al descubierto el pantano silencioso, símbolo de la decadencia y la corrupción, sobre el que se alza la ciudad. La investigación se verá envuelta en este fango cada vez más escondido y peligroso, desvelando oscuros episodios de nuestro pasado.


Como lector de novela negra, siempre me he preguntado por qué muy pocos autores se atreven a dar voz y protagonismo a un asesino. La gran mayoría de historias se centra en un investigador, policía o detective que se ve en la tesitura de resolver un caso difícil; y en cierto modo es comprensible que sea así, pero me sorprende que nadie eche mano de un recurso que aportaría una refrescante originalidad al género. Juanjo Braulio coquetea con la idea en El silencio del pantano, una novela atractiva y bien escrita y desarrollada que juega con la literatura y con el lector para hacerle un homenaje a ella y prepararle una curiosa experiencia a él, una aventura que es mejor emprender sin saber nada del libro ni haber leído sinopsis alguna.

En Valencia conviven, como dejó retratado Blasco Ibáñez, las cañas y el barro. Por un lado, la gente de bien que permanece inalterable y que jamás perderá su estatus a pesar de que los escándalos de corrupción la salpiquen una y otra vez; por el otro, el grueso de la sociedad, que, amparado por el pantano sobre el que se asienta la ciudad, se deja arrastrar por una marea de dudas. De pronto, en el río Turia se encuentra un cadáver para cuya muerte el asesino ha escenificado un cruel ritual romano. No será el único homicidio que pondrá en contacto las cañas y el barro, sino que será el inicio de una serie de crímenes que azotará a los valencianos y que dejará al descubierto las raíces podridas de un sistema injusto y lamentable que, tal vez, esté viendo el principio del fin.

Ediciones B ha colocado, en la esquina superior derecha de la cubierta de El silencio del pantano, una etiqueta que la señala como la novela negra del año. Y, sinceramente, no me extraña en absoluto, porque se trata de una obra trepidante y diferente que uno debe devorar y, a continuación, recomendar a cualquier amante de las buenas historias. Juanjo Braulio ha cometido varios aciertos en esta novela, sabias vueltas de tuerca que demuestran el talento de un escritor novel que bien pronto ha dejado atrás tal adjetivo. Como siempre pido, o exijo, a cualquier novelista, la prosa me ha convencido principalmente por dos motivos: por la novedad que suponen las voces que protagonizan la trama y por el uso magnífico de un vocabulario riquísimo. Si a ello le añadimos las numerosas e interesantes referencias a la cultura y a la sociedad valencianas, coincidiréis conmigo en que se trata de un espléndido trío de ingredientes literarios.

Por otro lado, en una novela negra el ritmo es, tal vez, el elemento principal, y en esta que os presento hoy alcanza una velocidad vertiginosa a medida que avanza la investigación. Es uno de aquellos raros casos en que uno debe hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para abandonar la lectura; y aun ese gran esfuerzo a veces no basta. Además, el retrato de una ciudad, Valencia, que no suele ser el escenario de historias de este tipo aporta un flamante marco de innovación que desde aquí quiero aplaudir. Y ya por último, no puedo sino mencionar el giro final, un nuevo sobresalto inesperado que aguarda al lector y que se abalanza sobre este como las crecidas aguas de un río, como el Turia, tras una época de fuertes lluvias.

El silencio del pantano hace las veces de una crítica descarnada e incisiva de una comunidad autónoma y su capital que, por desgracia, se han visto envueltas en un torbellino de polémica y corrupción que a nadie deja indiferente. Juanjo Braulio no se limita a llevar a cabo esta denuncia, no obstante, ya que alrededor construye una trama de extraños asesinatos que atrapa irremediablemente desde la primera página. Terminada la lectura de una de las novelas negras del año, solo puedo agradecer a su autor que nos haya regalado un huracán de genialidad en forma de personajes que se alejan del canon y de una trama que supone un hito en un género del que se publican decenas de novedades todos los meses. Gracias a escritores con mentes tan inquietas y brillantes uno no pierde jamás las ganas de leer ni de acercarse a las mesas de una librería.

La tierra de los abetos puntiagudos, de Sarah Orne Jewett

 
 
Título: La tierra de los abetos puntiagudos
Autora: Sarah Orne Jewett
Traductora: Raquel G. Rojas
Editorial y año: Dos Bigotes, 2015

El verano acaba de empezar y a la localidad costera de Dunnet Landing llega una escritora en busca de un lugar tranquilo donde refugiarse del ajetreo de la ciudad y poner punto final a su libro. Allí alquila una habitación en casa de la señora Todd, una experta botánica que vende remedios caseros preparados con las plantas de su jardín y con la que entablará una profunda amistad. Ella será la encargada de introducirla en la vida social de una comunidad que parece discurrir aislada bajo la imponente presencia de los abetos puntiagudos.


Toda crisis es un momento de oportunidades. A pesar de estar sumido en un escenario económico muy difícil e inestable, también el mundo literario ha sido y es testigo del nacimiento de nuevas empresas que saben lanzar una imagen muy definida y que, en ocasiones, demuestran ser más eficientes —y quizá rentables— que los grandes grupos. Dos Bigotes nació como una editorial dispuesta a dar visibilidad a argumentos de temática homosexual con una importante diferencia: una elegancia estética única en el género. La tierra de los abetos puntiagudos, de Sarah Orne Jewett, es su última apuesta y les permite abrir una nueva senda en que ya no solo priman las historias gais.

Una escritora en busca de paz e inspiración viaja a un pueblecito costero del noreste de los Estados Unidos. Nada más llegar conocerá a la señora Todd, su casera, con quien poco a poco irá forjando una amistad profunda e imperecedera. El ambiente que se respira en la región capta su interés de inmediato y la joven novelista acaba enamorándose de la complicidad y amabilidad que derrochan los lugareños. Tanto es así que el día de la partida se le antoja por desgracia cercano y triste, motivo por el cual invertirá todos los minutos y segundos en saber más de quienes ya han pasado a formar parte de su vida, y de su corazón, para siempre.

Los lectores estamos poco acostumbrados, creo yo, a enfrentarnos a relatos que deciden dejar atrás conflictos y sencillamente presentar una trama cálida y tranquila. La tierra de los abetos puntiagudos, de Sarah Orne Jewet, recurre a un entorno plácido en el que todo sucede con calma y sin sobresaltos, aunque no por ello la lectura de la obra resulta poco emocionante. Gracias a la indudable maestría de la autora, el lector se siente transportado a Dunnet, el pueblo en el que se enmarca la historia, y se ve rodeado de un placentero halo de realidad. La relación que une a los habitantes de la localidad y el sosegado transcurrir de sus vidas centran el argumento de una novela limpia y blanca que pronto se convierte en una experiencia literaria deliciosa.

En mi opinión, en este librito sobresalen dos brillantes ingredientes: las descripciones del lugar y los perfiles de los personajes. Por un lado, los párrafos que retratan los distintos parajes de la zona permiten que uno se forme una imagen muy clara y vívida; en este caso, la precisión no está reñida con el ritmo, ya que los capítulos más descriptivos son asimismo ágiles. Y, por el otro, tanto el perfil de la protagonista como el de la señora Todd, la mujer que con gran alegría y disposición toma el papel de cicerone, están rematados hasta el último detalle, de manera que al asistir a sus conversaciones no solo imaginamos que estamos allí, sino que nos da la impresión de que llegamos a conocer a las personalidades más luminosas y especiales de toda la costa de Maine.

La tierra de los abetos puntiagudos es una bonita historia de amor entre una mujer y un pueblo en el que se siente acogida y querida desde el primer momento, un canto a la hospitalidad propia de las gentes de los municipios pequeños. La brisa salada del mar y de la pesca, a la que se dedican casi todos los lugareños, aporta una frescura que encaja a la perfección con la atmósfera de apacibilidad trazada por Sarah Orne Jewett. Se trata de una novela agradable que gustará a los amantes de los detalles y de los pueblos donde todos se conocen. Si os llama la atención lo que cuento en la reseña de este libro, no dudéis en acercaros a esta tierra de abetos puntiagudos, y así veréis el espléndido trabajo que han llevado los editores y la traductora.